De boda #010

microrrelatos

¿Cual es tu sueño en la vida? Eran casi las nueve de la mañana y Rebecca conducía dirección norte. Era la segunda boda en la que ella me había contratado. Se hacía llamar videógrafa que en inglés era muy cool, pero en español sonaba fatal. Su acento no era muy cerrado, pero la pregunta sonó tan extraña a esas horas que la tuvo que volver a reformular para que yo la entendiera. “¿Por qué me preguntas eso? Sobre todo a estas horas”. Ella sonrió y me dijo que su sueño era irse a San Diego, Estados Unidos, y abrir una tienda de joyas o ropa. Asentí como quien da por aprobado el sueño y seguimos charlando de viajes durante el resto del trayecto.

Llegamos tras una hora en carretera a la casa de la novia. Observé la decoración del salón y el buen gusto de los propietarios de la casa, mientras Rebecca grababa a la novia en su cuarto. Al rato llegó el novio y Rebecca me dijo que me fuera con él. Salimos de la casa y vi que tenía un Audi de gama deportiva, de los que cuando pisas un poco el acelerador gruje como un león. El chico me pidió que le hiciera una foto, pero yo le expliqué que no era fotógrafo, sino videógrafo. No me hizo caso y posó delante del coche. Click.

Subí en el coche y me puse el cinto en el primer acelerón. Fuimos por las intrincadas calles a tirones. Acelerando y frenando cada dos por tres, porque era un pueblo, porque había semáforos y porque no estábamos en una pista de fórmula uno para desgracia del conductor. A pesar de ello, el rugido del motor era adrenalina para el novio. Llegamos a una explanada donde estaban aparcados dos coches más. Dos bestias pardas con sus rugidos particulares de sus respectivos motores. Eran los amigos del novio. Empecé a grabar los caros coches que esa gente había alquilado. Era consciente de que esas familias tenían dinero, mucho, pero no como para que todos esos niñatos tuvieran cada uno coches de esa cilindrada. Nada más bajarme del coche y verme con la cámara uno de ellos me pidió una foto. “Es vídeo”, insistí. Click.

Llegaron más. Un Ferrari, un Maserati, Audi’s, BMW’s y la estrella del grupo, un Lamborghini. Todos querían hacerse una foto junto al preciado coche. Él graba vídeo, dijo el novio a un grupo de amigos, pero la mayoría no le hicieron caso. Grabo vídeo. Pero eso es una cámara de fotos. Ya, pero graba vídeo y yo soy el que grabará la boda. El fotógrafo está en otro lado. ¿Pero nos haces una foto?. Click.

El novio me dijo que nos íbamos y me indicó en qué coche iba yo. Un Maserati descapotable. Ahora sí que les interesaba el vídeo. Como si de un cámara de fórmula uno se tratase, íbamos los primeros de la larga fila de coches deportivos. Rugieron por las calles mientras yo grababa. Cuando pasaban con grandes alardes por delante de nosotros, volvíamos a acelerar para ponernos primeros de fila, parar en una esquina y grabar su llegada. Estaba a años luz del entusiasmo que tenía aquella gente. Los coches nunca habían sido mi pasión y estaba más preocupado por la incomodidad de grabar con el cinto de seguridad que de aquellos motores en plena ebullición, por lo que respiré aliviado cuando llegamos a la ceremonia. Rebecca no estaba.

De hecho, no había ninguna mujer alrededor. Solo había hombres. Los amigos del novio que le cogieron en volandas y entraron en el salón. Me quedé estupefacto al entrar. Era una enorme sala llena de mesas donde la gente comía sin orden ni control. En cada mesa tenían un bufet en el medio que se servían tantas veces como quisieran. Hacía tanto calor que se me empañó la lente de la cámara. No había stage, ni decoración alguna, solo gente comiendo, así que empecé a grabar. Cuando unos terminaban de comer, se levantaban y les sustituían más gente que estaba esperando en la puerta, donde se había formado una fila enorme. Yo seguía sudando y la situación me tenía un poco trastocado. No entendía nada. ¿Dónde estaba la ceremonia?. ¿Dónde estaba la novia?. Y lo más importante, ¿dónde estaba Rebecca?

Tras media hora grabando, salí a que me diera el aire y vi a Rebecca. Me explicó que ella estaba en otro salón donde solo podían entrar las mujeres. La comida era por separado, cuando terminaran, el novio entraría en el salón de las mujeres para hacerse las fotos junto a ella y partir la tarta. Respiré un poco y volví al salón donde la gente seguía comiendo y yo… grabando. Terminé exhausto tras dos horas, pero por fin el salón empezó a vaciarse y yo pude sentarme a comer algo. Un amigo del novio se encargó de acompañarme y explicarme qué era cada comida y en qué orden tenía que servirme. ¿Postre? Por qué no le dije.

Apenas quedaban fuera el novio y los amigos más allegados. Estaban esperando a entrar al salón donde la novia esperaba. Italy! Italy! Me giré y vi a un tipo montado en un coche gritando. Me acerqué y le dije que era español, él sonrió y me pidió una foto. Suspiré cansado de tanta explicación. Click. El novio entró en el otro salón, en el prohibido, en el que solo él y los familiares más allegados podían acceder tras la comilona. Rebecca me esperaba en una esquina. Tenía los pelos despeinados del sudor. Los dos sonreímos al vernos y terminamos de grabar la boda.

Durante el trayecto de vuelta a casa estuvimos un buen rato sin hablar, como cogiendo aire después del largo día, pero Rebecca se debería sentir incómoda con tanto silencio y se acordó de que yo no le hablé de mis sueños.

–No sé –dije con zozobra –, hace tiempo que he dejado de soñar.

La Agencia #007

microrrelatos

Era la noche en el que se cambian los relojes, decía el mensaje de Aurora. Eran las dos de la mañana, así que, como me había despertado, cambié la hora. Pero el reloj también lo hizo y cuando me levanté poco podía hacer. Llegué tarde al trabajo, pero nadie lo había notado. A esas horas solo había un chaval desayunando. Me presenté y preguntó que de dónde era, yo le dije del norte de España y cuando vi a un encargado me fui detrás de él.

Le seguí hasta el ascensor. Era calvo, con gafas y con unos dientes que no apetecía ver cuando sonreía. Le pregunté si iba a trabajar con él (tampoco había mucha opción, pero me quería asegurar) y me contestó con cara de pasa “Si tu no lo sabes…”. Su acento mancuniano rebotó en mi timidez y me quedé paralizado mientras las puertas del ascensor nos separaron.

No pasaron más de quince minutos cuando volvió a la cantina, donde el chico había terminado de desayunar y él venía a reclutarnos. Yo les seguí, sin preguntar. Como dije, no tenía mucha opción, así que supuse que tenía que trabajar con él. Era domingo y el edificio estaba vacío. Cuando llegó el siguiente turno, nosotros ya habíamos liquidado media jornada.

Mientras movíamos juntos unas sillas a una sala de conferencias, mi compañero me volvió a preguntar de qué parte de España y le dije sin ganas que de Valladolid. Estaba cansado de explicar que era una ciudad pequeña, pero con un buen vino o donde Cristóbal Colombo pidió dinero para su viaje. No hizo falta, él había estado allí, me soltó con una sonrisa. Me quedé a cuadros mientras sujetaba una pesada silla. Tuvo una novia que había estudiado en la universidad de Manchester y había visitado la ciudad hacía un año.

Me hizo sentir bien, como si después de tanto tiempo dando a conocer mi ciudad a los ingleses hubiera surtido efecto. Con una sonrisa tonta volví a coincidir con el encargado de los dientes como un tetris y fue el momento que le pregunté por lo que había pasado a primera hora de la mañana. Le expliqué, como si él no lo supiera, que cada día que iba allí no tenía ni idea con quién tenía que trabajar, por lo que quería asegurarme con quién tenía que trabajar. Él sonrió.

–“Sarcasm…”.

Por suerte, estaba de buen humor, pero no sé si fue más duro saber que aquello era humor o ver sus dientes picados tras esa estúpida sonrisa.

 

Mi hotel #002 (rescatado)

microrrelatos

Jimmy arrugó la cara antes de llamar a la habitación. “Good morning, housekeeper”.

“My friend” era el saludo habitual que le hacía Jimmy a un chico español con el que solo hablaba de fútbol. Los dos trabajaban juntos ese día. “Barcelona” y “Messi” solía decir Jimmy mientras hacia gestos con la mano zigzagueando como una culebra. “Messi. Manchester United” soltaba con una sonrisa tímida en la cara.

Era sábado y Jimmy no paraba de repetir: “Put in. Take out. Put in. Take out…” Pronto el español supo que se refería a las camas extras que había que poner o quitar. Ese día de la semana solicitaban más de lo habitual y la falta de organización del hotel no facilitaba la tarea.

Dos en la planta primera, tres en la segunda, dos en la tercera… pero hay que poner dos en la segunda, por lo que las que quitamos de aquí… Jimmy hacía cábalas para no tener que hacer mucho esfuerzo. Mover las camas extras entre plantas suponía mucho esfuerzo.

“Good morning, housekeeper”…Tras varios put in/ take out los dos se desplazaron hasta la última habitación. Jimmy aseguraba que solo había que sacar la cama extra que se escondía debajo de la grande. “La última”, juraba mientras abría la puerta. El cliente no estaba y la cama extra tampoco, por lo que tendrían que buscarla. Jimmy repasó la lista de nuevo y empezó a mascullar entre dientes.

¿No había más camas extras? Tras registrar los diferentes almacenes de cada planta recogieron un colchón de la octava planta y el respaldo de la cama en la segunda. Llegaron a la habitación sudando. “Good morning, housekeeper”. Jimmy se secó la frente antes de volver a llamar a la puerta. Esta vez el cliente abrió la puerta y con una sonrisa estúpida dijo que ya no necesitaba la cama extra. Y cerró. Jimmy miró al español y soltó: shit.

De boda #007

microrrelatos
Seguía asombrado mientras buscaba las imágenes para enseñárselas a Amir. Estaba en su oficina con el nuevo Mac que había comprado para editar vídeo, de este modo me libraba de usar mi portátil. Le repetí que lo había visto cuando estaba grabando, pero no daba crédito. “No way!”. Dos cámaras apuntándoles y memorizando todo lo que ocurría en el stage. Era el momento más esperado por el novio en ese día. Cada amigo, cada familia se acercan a saludarle, hacen el ritual del Menhdi en el cual incluye un billete que le pasan por la cabeza y lo dejan en un plato. En ese momento, la montaña de dinero que se había acumulado, tras pasar por el stage los cientos de invitados, era considerable y a aquel niño se le antojó un billete.

Siempre tuve en estima a los familiares de los novios. El té y galletas eran su forma de hacerte sentir cómodo, después, los más jóvenes me preguntaban por el fútbol. ¿Barcelona o Madrid?. Yo les quedaba atónitos cuando les contestaba “Valladolid”. Whereabout?, decían con las cejas estiradas. No se lo tenía en cuenta, al fin y al cabo a mí me sacaban de las grandes ciudades del Reino Unido y me perdía también. Pero ese buen estar y buen trato con alguien desconocido me llamó la atención desde el primer día, excepto los niños.

¿Quién era yo para juzgar la educación de sus hijos? Observé a Amir tras ver las imágenes en cámara lenta. El niño no solo robaba un billete del montón que el resto de familiares habían regalado al novio, sino que el padre se estaba riendo y regañando a la madre que intentaba quitarle el dinero al niño. Al final, después de la foto que se hicieron con el novio, observamos que el niño se va del stage sonriendo y mostrando su reciente adquisición a su hermano, que mira el billete boquiabierto.

Amir se recostó en su silla sin dejar de mirar las imágenes. Me giré para contarle la vez que robé un kit kat en una gasolinera con dieciséis años. Era un viaje con el equipo de fútbol y estaba lleno de machos alfa. Tenía imán para juntarme con descerebrados y uno de ellos robó una chocolatina, pero no contento con su hazaña, me insistió en seguirle sus estúpidos pasos. Amir me miraba con media boca abierta, expectante. Tras una pausa, me reí y le dije que la puta chocolatina me sentó mal. Desde entonces supe que no iba a dedicarme a ser un ladrón de guante blanco.

Amir se echó a reír, pero me dijo que me entendía.

La Agencia #006

microrrelatos

Se maquilló menos de lo que solía hacer cuando iba con sus amigas a las discotecas. Era un tono sutil y un contorno de ojos. Se puso las botas con las suelas desgastadas por los talones y cogió los apuntes de abogacía. La situación no era diferente a cuando iba a la universidad, sino fuera porque eran las seis de la tarde, se dirigía al Manchester Central y le esperaba una jornada de doce horas de noche fregando pasillos y pasando el aspirador a enormes salas de conferencias.

En la cantina, en sus ratos de descanso desplegaba sus apuntes y estudiaba mientras en la tele emitían una serie de los años setenta. Un clásico para los nativos, pero para mí solo era un serial policiaco casposo. A las tres de la mañana poca elección había más que sentarnos junto a la chica a tomar té y galletas. Aquella noche no había mucho que hacer, excepto escuchar la conversación de la joven estudiante.

–¿Es racismo contra los judíos?

A mí lado estaba el encargado que no paraba de escribir en su móvil y recibir mensajitos con un sonido que ya se nos hizo familiar. Al otro lado dos mancunianos, a uno que no se le entendía nada, excepto cuando se cagó en los españoles, y otro gordote, con un tatuaje de una rosa roja en la mano derecha, contento porque se iba a ir a Australia harto del tiempo de Inglaterra.

Removía mi té mientras escuchaba la conversación en la que los chicos explicaban que el judaísmo era una religión, por lo que no podía ser racismo. La charla continuó con algunas dudas más de ella y pronto desvarío en los campos de concentración nazis. Uno de ellos comparó la sala donde estábamos como celda donde dormían hacinados un montón de judíos. La chica seguía con su curiosidad, pero la charla terminó cuando nuestro encargado se hartó de jugar con su móvil. Recogimos nuestras tazas de té y dejamos a la chica sola.

Ella también recogió sus libros y empezó a limpiar la cantina. Imaginándose aquel cuarto con camas de madera y un frío polar, como el que hacía en la calle. Fregaba las baldosas contando el número de literas que podrían poner hasta el techo con los judíos esqueléticos, como le había comentado el del tatuaje rosa. En la tele, la serie casposa había dado paso a las noticias donde mostraron imágenes de un colegio bombardeado en Palestina, pero la chica no lo hacía ni caso, seguía ensimismada en las baldosas que fregaba y en sus apuntes de la universidad.

 

De boda #009

microrrelatos

Llegué a la calle gracias al mapa del móvil. Eché un vistazo para buscar una casa decorada, familiares en la calle o, incluso, alguna limosina, pero no encontré nada. Dudé incluso del lugar y volví a cerciorarme de que no me había perdido. La señal con el nombre de la calle estaba oculta tras una arboleda, pero tras confirmar el nombre, me dirigí al número de la casa. Llamé un par de veces y retrocedí un paso por si se asomaban a la ventana del salón, como hacía mi abuela antes de abrir la puerta, pero nadie se asomó ni abrió la puerta. Volví a insistir y, por fin, salió un hombre mayor en bata y zapatillas. “¿Es la casa del novio?”, pregunté. El viejo me dijo que no y me cerró la puerta. Mi estómago dio una voltereta y sentí un escalofrío. Cogí el teléfono y llamé de inmediato al fotógrafo que me había contratado.

La calle es la correcta, me confirmó. Pues aquí me han dicho que no. Espera que llamo a la hermana. ¿Gustavo? Me di la vuelta y vi a una mujer que salía de un coche, era la hermana del novio, me dijo, y me invitó a entrar a la casa donde hacía unos minutos había estado. Le seguí por el estrecho pasillo. Ella iba cargada con varias bolsas de la compra y parecía que cojeaba porque vacilaba de un lado a otro. Me dijo que me sentara en el salón y me ofreció un té. “Lo siento. Son un caos las bodas paquistaníes”. Eché un vistazo al reloj y vi que aquello se iba a demorar más de lo previsto.

Mientras untaba una galleta en el té, llegó el viejo ya vestido y con la cara sonriendo. Me pidió perdón, aunque no me quedó claro si es que no me había entendido bien o que no era consciente de que su nieto se casaba. Me dijo que encendiera la tele para entretenerme, ya que iban con retraso, pero aunque lo intenté con varios mandos a distancia no lo logré. El viejo se fue y llegó un chaval que encendió la tele a la primera. Estuvimos hablando de fútbol, del madrid y el barcelona, aunque yo le insistí que yo era de Valladolid. El chaval, como era lógico, no tenía ni idea de mi ciudad. El viejo volvió y me ofreció otro té.

Llegaron más familiares. En concreto un grupo de mujeres, cada una con un vestido diferente. Colores llamativos, como el rosa, el amarillo o azul turquesa con decoraciones de falso oro o plata. Los brazos les tenían repletos de joyería barata y algunas se había decorado la piel con extraordinarios dibujos en henna. Todas entraron en el salón y en poco tiempo me vi rodeado. Las mujeres mayores hablaban en urdu, un lenguaje que ya me era familiar, mientras que las jóvenes en inglés. Mi incomodidad se sufragó cuando la hermana del novio me dijo con amabilidad que aquel era el cuarto de las mujeres y me acompañó a otro salón donde estaba el viejo y un par de hombres más.

Empecé a grabar, es decir, a trabajar, tras dos horas después de haber llegado a aquella casa. Las mujeres, sobre todo las mayores, se cubrieron la cabeza con pañuelos. Las chicas y las niñas no llevaban nada por encima y cuando les apuntaba con mi cámara les entraba la timidez. Cuando volví al salón de los hombres, estaba vacío, así que esperé sentado. Un hombre se acercó con una alfombra bajo el brazo y me saludó sonriendo. Intuí lo que iba a hacer y le dije que me salía del salón, pero él dijo que no hacía falta, así que desplegó junto a mis pies la alfombra y se arrodilló. La situación se me hizo larga e incómoda. Tenía al tipo rezando delante de mi como si yo fuese una deidad. El problema es que tampoco podía escabullirme de aquel momento porque el salón era tan pequeño que su cuerpo obstaculizaba mi salida y saltarle no era muy apropiado en ese momento.

Cuando el hombre terminó, se presentó como el padre del novio, entonces me di cuenta de que había perdido la noción del tiempo y de por qué estaba allí. El novio. Miré el reloj y llevaba tres horas allí sin haber visto a uno de los protagonistas del día. Le pregunté si le quedaba mucho y el hombre me sonrió. Sí, tienes razón, como si a él también se le hubiera olvidado el por qué de mi presencia o, incluso, el por qué de la presencia del resto de sus invitados.

La casa empezó a ser un hervidero de gente. La temperatura había subido. Era imposible moverse sin pedir disculpas. ¿El novio? Pregunté. La hermana me dijo que en seguida bajaba y me ofreció un té. Suspiré y acepté la invitación. Decidí sentarme en el salón de los hombres, ya que la espera iba a ir para largo.

Mi Hotel #001 (rescatado)

microrrelatos

La maleta abierta con la ropa desperdigada por la habitación indicaba que el cliente iba a pasar una noche más. El chico de la limpieza masculló entredientes al ver el desorden y empezó con la tarea. Tan solo había cambiado las toallas del baño y se disponía a secar la mampara de la ducha, cuando una mujer entró gritando en el cuarto, sin percatarse de la presencia del joven.

Hablaba en un inglés ininteligible para el muchacho recién llegado de España, pero por el tono debía de estar soltando improperios a alguien mientras recogía su ropa con avidez y cerraba su maleta. Ese alguien apareció y entró en la habitación a la altura de la puerta del baño, donde el joven se había quedado petrificado con el trapo en la mano.

La mujer tenía el rímel corrido por toda la cara y, sin fuerzas, arrastraba su maleta con las dos manos hasta que la soltó mascullando un “fuck off”. Después se encaró tambaleándose frente al hombre y le escupió en la cara otro “fuck off”. Y se fue repitiendo la misma palabra una y otra vez por el pasillo. Justo cuando salió la mujer, el hombre miró al joven que reaccionó al instante y le pidió disculpas con ademán de irse, pero el tipo, angustiado, le permitió seguir con su tarea. “Go ahead, go ahead”, insistió.

Después se sentó y empezó a soltar el nudo de su garganta explicando al joven que la mujer ya no volvería más, que eran muchos años soportando lo mismo. También recordó cuando la vio por primera vez en un pequeño pueblo de Escocia y que, desde que empezaron a salir juntos, hicieron el amor todos los días del año. Fue mágico, sentenció, y le empezaron a caer lágrimas por la mejilla.

El joven no le vio, ya que estaba obcecado en su tarea, y tampoco le entendió ni una palabra, por eso, más tarde, se inventó una historia de lo que había ocurrido, pero con un final feliz.

De boda #006

microrrelatos

Taché en el guión la ceremonia en la iglesia. Como si fuese la lista de la compra, eliminaba momentos grabados de la boda. Tras superar la mitad del día, aquello era una cuenta atrás. Le pedí a Tom una nueva tarjeta, me dijo que era la última. Todavía quedaban los “speech” y no estaba seguro de que pudiera grabar todo. Apenas nos dio tiempo a pensar en ello, vimos al fotógrafo coger a los novios y fuimos tras él. El camino hasta un pequeño y desconchado puente era de hierba, ya que pertenecía al área de los exteriores del salón, pero tras cruzar el río, aquello era un campo asilvestrado lleno de pajas.

La novia hizo malabares para caminar de un lado a otro y se apoyaba en el novio que no paraba de reírse. Una sonrisa tonta de recién casado con una rubia de ojos claros. Una de tantas inglesas que había entre los invitados, aunque con el traje blanco aquella mujer ganaba enteros. Terminamos la sesión de fotos junto al río lleno de mosquitos, por suerte, no tuvieron hambre y me libre de sus picotazos.

Preparé el trípode cerca de cuatro globos que componían la palabra “love” con unas letras plateadas enormes. El padrino anunció que los novios estaban listos. El público se puso de pie. Sonó la música. La pareja entró y brindó con champán. La cena estaba lista y mi estómago crujía de hambre, pero todavía no había nada para mí. El camarero encargado de traernos la comida nos dijo que hasta que no sirvieran el segundo, nosotros no comíamos. Y así fue.

Todavía quedaban los discursos del padre de la novia, el del padrino y el del novio, en el que se explayaron con sus anécdotas de cuando eran niños, jóvenes, adultos… una especie de festival del humor en el que cada pequeño párrafo era vitoreado y acompañado de carcajadas. Convertían, así, sus vidas en una experiencia inolvidable y yo era el único que no compartía su alegría. Estaba cansado y quería que terminasen. Qué corten la tarta, pensé.

Sin darme cuenta de que apenas me quedaba espacio en la tarjeta para seguir grabando, los novios se prepararon para cortar la tarta, tal y como yo deseaba, todos hicieron la cuenta atrás, el cuchillo atacó el pastel y mi cámara dejó de grabar. Los invitados eufóricos, los novios besándose, la alegría se desbordaba en cada momento y, después de tantas horas de cansancio, yo también sonreí al ver que lo único que podía hacer era simular que aquella estampa jamás se podría ver en su dvd. Por suerte, Tom sacó una buena toma.

De boda #005

microrrelatos

En las bodas inglesas, como en las españolas, el momento de la iglesia es el momento más ceremonial, donde los protagonistas deberían ser los novios, pero no. Cuando cambié de tarjeta de memoria durante el panegírico del señor cura, de bonachón paso a ser el tío pesado. Y eso que estos ingleses se lo montaban bien para hacer entretenido todo este ritual. Casi todos, cantaron varias veces al unísono, como si estuviera ensayado. Todo sonrisas, buen rollo y candidez, pero tras las quinta canciocilla mis pies no sabían cómo situarse.

Al igual que la entrada, la salida también estaba organizada. Los novios, sus padres, el padrino y las damas de honor salieron en fila vitoreados por los invitados. Si fuese en España, algunos estarían fuera para tirar el arroz, pero no aquí. Me quedé atónito de lo estrictamente bien dirigido que iba todo. La salida de la iglesia estuvo taponada un rato hasta que por fin pude salir y, para sorpresa mía, el pasillo con los invitados tirando pétalos también estaba planeado, así que tras un rato de felicitaciones a los novios, el padrino organizó el paseíllo, los cámaras dimos la orden de que todo empezase y los pétalos se lanzaron por encima de nuestras cabezas. Me sentía como si trabajase en una película, “¿Cuál es el siguiente plano, señor padrino?”.

El cóctel. Momento que Tom y yo aprovechamos para cargar baterías y contarnos cómo fue la ceremonia. Una mierda, le contesté yo. Apenas tuve espacio entre el cura y el altar, por lo que el tiro de cámara no era el más idóneo. Tom estaba nervioso, joven y con ganas de hacer las cosas bien, apenas descansó y siguió grabando a los invitados. No le insistí, pero teníamos tiempo de sobra hasta que todos se metieran a comer, así que disfruté un vaso de zumo. El sol radiante no calentaba mucho, pero con vino y champán tampoco era necesario.

Ahora los niños ya estaban un poco desmelenados y había que regatearles mientras grababa, parecía como si el alcohol de los mayores les afectara a ellos. Tras la sesión de fotos por la orilla del riachuelo, el padrino, de nuevo, empezó a meter a la gente al salón para la cena. En la entrada había una tele que mostraba imágenes de la juventud de la pareja, al lado una mesita decorada con fotos de los familiares y una cajita hacia las veces de buzón para dejar el sobrecito-regalo que iban dejando los invitados.

Mi trípode y yo estábamos esperando la entrada de los novios. Los invitados se habían sentado en su silla correspondiente donde había una foto de ellos, para que quedase bien claro su sitio. El micro ya estaba en manos del padrino, la música sonó y la gente se dejó las manos aplaudiendo.

La Agencia #005

No recuerdo su nombre, ni siquiera recuerdo si me dijo que era del Congo o de Nigeria, solo sé que era estudiante y tenía problemas para mantenerse despierto toda la noche. Tanto era así que los compañeros le habían fotografiado dormido en el stage mientras el resto seguía trabajando. Me sentí mal por el cachondeo de los otros, pero su pereza a la hora de trabajar me sacó de quicio, por lo que cuando el encargado le dijo que se fuera a casa, no sentí nada.

Meses antes yo daba vueltas de un lado a otro de la cama. Cuando cambiaba de postura, a veces, dejaba de pensar en lo que me perturbaba, pero esa noche no. Llevaba dos meses sin cobrar las bodas en las que trabajé y no estaba seguro de que me fueran a pagar algo el siguiente mes. Tenía que buscarme la vida, como siempre, pero después de un año viviendo de mi oficio, mi culo se había acomodado, por eso no lo busqué antes. Incluso aunque la situación no fuera bien. Todos me lo advirtieron, “eso no acabará bien”, pero me gustaba engañarme y allí, aferrado a mi almohada, le daba vueltas a todo, de nuevo.

El puñetero dinero y el trabajo me mantuvieron en vela aquella noche, pero pronto encontré el anuncio de la agencia. Era temporal, para solo una semana, aunque con posibilidades de que saliera más trabajo, me explicó Amy, una rechoncha inglesa, apoltronada en su oficina. Los socialistas ingleses iban a estar una semana debatiendo y compartiendo sus inquietudes en el Manchester Central. Iba a ser duro, me insistió la rechoncha con sus labios pintados de rojo.

Cinco noches a doce horas era mucho dinero y no lo iba a dejar escapar. Antes de esa semana había estado trabajando un par de días, por lo que conocía las instalaciones. A las siete de la tarde empezaron a llegar el resto de compañeros. Se sentaron alrededor de una mesa y me acerqué para conocerles. Tras dos noches nos sentíamos como si nos conociéramos de toda la vida. Casi todos estudiantes, ingleses y apenas un par de polacos, y el joven que se dormía en cada esquina.

Me acerqué a despertarle, cuando mi compañero terminó de hacerle una foto. Me sentía cansado, eran las cinco de la mañana y cualquier mal gesto o una palabra que no entendía lo malinterpretaba. Mi inglés salió balbuceando cuando le dije que se levantara que el trabajo no había terminado. Tras mover unas sillas, el chico se acercó a una papelera y empezó a vomitar. El encargo le dijo que se fuera a casa, que no podía estar así. El chico contestó que necesitaba el dinero, pero de poco le sirvió.

Tras terminar esa semana, los laborales recogieron sus sueños y mentiras y dieron paso a nuevas conferencias, es decir, más trabajo. Pronto se me hizo familiar aquel edificio, pero no volví a ver a ninguno de los chavales, ni al dormilón, ni al resto. Por entonces, los árboles ya llevaban días despojándose de sus hojas.