Mi Manchester #48

No duermo bien, en general, pero que el granizo golpee mi ventana, tampoco ayuda. Ha sido una señal de que el invierno está aquí y ver el jardín un poco nevado lo ha confirmado.

Supongo que ya no veré a mi amiga la ardilla en un tiempo , a la cual Amir la desprecia llamándole roedor, sin más, pero “es mi ardilla” y creo que con este frío es mejor que se refugie allá donde viva, por su bien. Por mi parte, yo me refugiaré en España. Mi tercera visita desde que llegué a tierras inglesas.

El tiempo pasa deprisa y he cumplido años. Tuve que trabajar en una boda, pero por suerte era India y ellos sí que beben alcohol, por lo que acabé abrazado y borracho al novio. (Literalmente). Siempre he dicho que en este tipo de bodas la gente se porta genial, pero también son capaces de haber covertido un día de trabajo en un día que no se me olvidará en la vida. Este es el tráiler de la boda:

También han sido las elecciones en España y muchos de los que estábamos en Manchester tuvimos problemas para votar. El consulado ha sido cerrado y ahora esta región pertenece al consulado de Edimburgo (más de dos horas en tren) con el agravante de que solo abre entre semana, por lo que ir allí a hacer el papeleo, ya que no teníamos otra manera, se hizo complicado. Yo no pude votar.

Espero que antes de embarcar haga un muñeco de nieve y pueda saludar a mi amiga la ardilla para contarle que me voy a ver a mi familia, a reflexionar y a descansar para enfrentar el nuevo año con fuerzas.

    Hotel #005

    Le dibujó un tigre. Como el de los dibujos animados, uno que salía en Disney, le insistió él, pero ella seguía sonriendo mientras negaba con la cabeza. Me suena el dibujo, remarcó para que él no se sintiera mal. «Así soy yo», soltó él entusiasmado mientras intentaba sacar bíceps. La chica casi tiró la copa del ataque de risa. De pronto, ella se disculpó y se volvió al grupo de amigas.

    Él pidió otra copa más y vio a su amigo, con la misma estrategia del dibujo, solo que éste no sabía dibujar bien y hacía un cocodrilo junto a una luna. Tras terminar su bebida, asumió que la chica no iba a volver y empezó a enumerar sus defectos para tratar de comprender por qué carajo siempre le funcionaba más el cocodrilo y la luna a su amigo.

    El juego se lo inventaron hace unos años. Una forma extraña de ligar con el que pretendían engatusar a las mujeres y dar pie a una conversación que terminara en la cama de alguno de los dos, pero esta vez a él no le funcionó, por lo que volvió a dibujar otro tigre más.

    La chica por su parte intentó evitarle durante el resto de la fiesta. Un evento al que la empresa había reunido a un centenar de comerciales para largas y agotadoras conferencias y alguna que otra bronca por no llegar a los números exigidos. Como colofón final estaba la barra libre de la última noche.

    No era la primera vez que ella asistía a ese espectáculo y, por lo tanto, contaba con la resaca del día siguiente en la habitación del hotel. Pero esta vez, además, se vio con la sorpresa de que la ducha del baño de su cuarto estaba ocupada, en el suelo había un traje gris, manchado con algún tipo de bebida, y en la mesilla reposaban dos dibujos: el del tigre y el del cocodrilo con la luna.

    Se agarró fuerte al edredón, mordiendo un poco la tela, y deseó con todas sus ganas que el tipo que saliera de la ducha fuera el que dibujó el cocodrilo.

      Mi Manchester #47

      (Foto. Birmingham, U.K.)
       

      Una reflexión de barra de bar me vino a la cabeza mientras me pinchaban en la sala de donación de sangre. Tenía algo que ver con una gota de sangre comparado con el resto del cuerpo, algo así como el ser humano y el universo, parecía como si la aguja, en una milésima de segundo, me provocó un vómito de ideas absurdas, como una fiebre. Hasta que la enfermera me sacó de mi ensueño con un chasquido y un meneo de cabeza. Aquello no iba bien.

      Me había registrado por internet y fui a mi cita en el centro de Manchester. Al igual que en España, tuve que rellenar un papel donde confirmaba que no había tenido ninguna enfermedad como el SIDA, entre otras muchas preguntas.

      Me hice donante de sangre por mi amiga Ana. Recuerdo cómo me doblegó la primera vez que me habló del tema. ¿Por qué no donas sangre?/ Porque me dan miedo las jeringuillas/ Solo es un pinchazo/ Ya, pero…/ La gente necesita sangre/ Ya, pero…/ Y si tu necesitaras…/ Vale voy. En Madrid, donde empecé a donar, hay autobuses que recorren diferentes barrios. Entras. Te tratan muy bien, te hacen un test, te sacan la sangre, te cuidan, te dan un sandwich y en todo momento te dan las gracias. Al poco tiempo recibes una carta agradeciéndote tu donación y te dicen si tu sangre está en buen estado. Donas y te haces un análisis. Todo en uno.

      El día que fui a donar aquí, en Manchester, estuve rodeado de un grupo de jóvenes judíos (todos llevaban el Kiphá). La enfermera que me atendió tenía un inglés mancuniano por lo que apenas la entendía, excepto cuando me clavó la jeringuilla que me repitió varias veces sorry. Pero mientras me colocaba el “cableado” se dio cuenta de que algo no funcionaba bien. Mi sangre no salía con presión. Me temí lo peor y, efectivamente, sucedió.

      No había bebido mucho agua ese día, por lo que no pude donar sangre, no fluía bien. La enfermera me pidió perdón de nuevo al sacarme la aguja y me explicó que podía volver la próxima semana. Aún así, me gané un vaso de chocolate (No el típico de España, sino que aquí es como un cola cao).

      Al salir, con dolor en el brazo, me acordé de las palabras de mi amiga “¿Por qué no donas sangre?”. Mi contestación, llena de ira, fue clara: “Coño, lo he intentado”.

      PD: Toda la información para donar sangre en Inglaterra en esta web.

        Mi Manchester #46

        (Foto. Pos it apoyando el lema “I love Manchester”, tras los disturbios en Agosto).

        Se acerca Navidad. Por estas fechas, la calle Preciados de Madrid empezará a ser intransitable y en la Plaza Mayor habrán montado las casetas para comprar adornos navideños y los gitanos venderán en una esquina el musgo. Esto es similar, pero en pequeño, en Valladolid, por lo que supongo que en el resto de España sucederá igual. En Manchester, tampoco se quedan cortos.

        Hace una semana estuve viendo los fireworks, o como dicen en nuestra tierra, los fuegos artificiales. Llevaban promocionando tal evento durante bastante tiempo y parecía el acontecimiento del momento, o del mes, así que allá que me fui con mis amigos españoles y algún inglés que tuvo que soportar nuestras risas.

        Las risas no fueron a costa de él, sino de los fireworks.  Cuando llegamos al parque donde fue el evento, vimos a medio Manchester allí. Era de noche y apenas un par de luces de obra nos señalaban el camino hacia el parque de atracciones que montaron para un ¡DÍA! Claro, como era en un parque y esto es una ciudad inglesa, los más listos llevaban botas de agua.

        Los fuegos artificiales los vimos desde una explanada llena de barro y pasando un frío que pelaba. Creo que para explicar la basura de fuegos que vimos ya he hablado demasiado. Lo resumiría en que quizás había crisis y no querían gastarse mucho.

        Una semana después era “el encendido de luces”. Otro acontecimiento en el que albergó a medio Manchester en la plaza del ayuntamiento, por suerte hizo bueno esa noche y el espectáculo de fuegos artificiales mereció la pena. Música en directo y fuegos para dar comienzo a la navidad… en noviembre.

          Mi Manchester #45

          Si no fuera porque estoy trabajando con Amir,  no podría traer a Mi Manchester este tipo de película proveniente de Bollywood. Se títula “Ra one“, una mezcla entre Matrix, Terminator y Transformer, según palabras de my friend. Este es el tráiler que se ha estrenado en octubre:

          Y su banda sonora me tiene locamente enganchado:

           

           

           

            Hotel #004

            Ni se ha molestado en recoger un envoltorio de caramelo que había en mitad del pasillo. Lo ha tenido que pisar.

             –Ganará el mínimo, el pobre. – Dijo el abuelo mientras la abuela envolvía una caja de bombones en papel de regalo.

             –Iba vestido con unos pantalones roídos en los bajos, que se los iba pisando. ¿Y la camisa?, le venía grande, por cierto, y no llevaba su nombre como el resto… Iba por los pasillos dando los buenos días con una sonrisa de oreja a oreja, parando su carrito y dando paso, como si no se le notara que lo hace de cara a la galería.

             –Todo ese escaparate es para no perder el trabajo, mujer, supongo que odiará a todos los que se hospedan en este hotel. Incluso a nosotros –dijo el abuelo llamando la atención de la abuela.

             –Al menos podría planchar la camisa. Y cuidar los pantalones que los lleva descosidos y desgastados. Y ni que decir de las playeras (que no zapatos) que están rotas en el puntapié. Seguro que son del Primark, las más baratas.

             La abuela terminó de envolver el paquete y miró al abuelo que sonreía con una mirada cómplice.

             –A ti te cae bien porque es de España y has aprovechado para contarle alguna de tus batallitas cuando estuviste allí. – La abuela dejó el paquete en la mesa y escribió una nota que decía “para el personal de limpieza”.

             –Sabes, querida –dijo el abuelo dando un beso en la mejilla a la abuela–, yo tampoco hubiera recogido el envoltorio de caramelo.

            Aquí en PDF.

              Mi Manchester #44

              Sigo recibiendo emails de gente que está pensando en venirse a Inglaterra y está preocupada. Como debe ser. Hay que venir con mucho cuidado, pero solo por los hombres mayores que quieren ser tus amigos.

              Me explico.

              El otro día estaba esperando el autobús en el centro y un hombre se puso a hablar conmigo. Nada especial, excepto cuando le dije que era español y me contestó que él tenía muchos amigos españoles. Después me soltó si me gustaban mis amigos. Tal cual. Como mi inglés sigue cojeando por todos lados, le pregunté que qué quería decir con lo de si “me gustan” mis amigos, y el hombre me echó una sonrisa que me dio escalofríos.

              Anécdotas a parte, lo que tenía ganas de contar es la historia de un español más que se vino a Manchester. Se llama Lolo y es de Madrid. Estuvo viviendo menos de una semana en mi casa gracias a que encontró trabajo y habitación. Sí, en una semana.

              Este es el caso de alguien que vino como yo. Buscó trabajo de “lo que sea”, lo encontró y ha empezado su aventura por estas tierras. “Su Manchester”.

              Solo puedo hablar de este tipo de personas porque son casos similares al mío. Gente como Berta que curra de camarera y que, después de año, ya está pensando en hacer las maletas de vuelta a España. O como Romina, una asturiana que está sufriendo el mismo trabajo que tuve yo, limpiando habitaciones en un hotel. O Aurora, de la que ya hablé al principio de venir aquí. Ella trabaja a media jornada en el Primark, la otra media estudia inglés y los viernes está poniendo copas en una discoteca hasta las cinco. También anda por ahí Juan, un zamorano que se está intentando sacar el First mientras trabaja en el caffé Nero.

              Aquí sigue viniendo mucha gente y, lo que es peor, también se van. Unos por más tiempo que otros, por lo que los trabajos de este tipo siempre sobran. De lo único que me preocuparía es por esos señores mayores que quieren ser tu amigo mientras esperas el autobús.

              Por cierto, le dije que no. Rompiendo corazones en Mi Manchester.

                Mi Manchester #42

                Foto en Birmingham, U.K.

                Me he visto envuelto entre Maseratis, Lamborghinis, Lange Rovers y BMWs de alta gama. He pasado frío y calor a partes iguales y, por primera vez, he visto el Walima, o sea, el segundo día de la boda islámica, por separado. Hombres y mujeres cenando en salones diferentes.

                Nada más empezar el día, Rebeca, la fotógrafa con la que trabajaba (esta vez no era Amir) me dijo que yo me iba con el novio. Me recogieron en un audi A5, acelerando en pequeños tramos como si viviera en una carrera y me llevaron a un parking donde empezaron a llegar más autos de este calibre.

                Todos estaban flipando con los coches y deseaban tener una foto!! Ha sido un día duro por esto también, ya que trabajamos con cámaras HDR, es decir, una cámara de fotos que graba vídeo en alta definición, por lo que la gente piensa que estas haciendo fotos, no vídeo, como es mi caso, así que a pesar de repetirles que no era el fotógrafo, les he tenido que hacer las puñeteras fotos.

                De camino al salón donde iban a cenar, me han llevado como si fuera Fast & Furious. Adelantando, acelerando, pitando, corriendo por las endiabladas callejuelas del pueblo un total de veinte coches. Mientras yo estaba grabando en un masserati descapotable. No. No soy el típico hombre que se le cae la baba por estos coches, estaba acojonado con tanto acelerón.

                Al llegar al evento me encuentro con que los hombres comen en un salón y las mujeres en otro. Excepto los niños, nadie más tenía permiso para saltarse esta norma, por lo que mi parte, la de los hombres, ha sido grabarles mientras se ponían hasta las trancas. Nada más entrar, el calor empañó la lente. Durante más de dos horas venía gente a comer, como si de un club social se tratara.

                Y debe ser eso, de “tratar”, porque a pesar de que cada uno me llamaba de una manera, (incluso, buongiorno, y cuando les decía que no era italiano, sino español, me soltaban “andale”) esta gente sabe tratar muy bien y en cuanto supieron que no había comido todavía, tres personas me atendieron. Te hacen sentir como en casa.

                Al final del día los novios se juntaron en el salón de las mujeres, donde ya pude entrar y ver, por primera vez, a la novia. Entonces empezó la lucha por trabajar, porque todo dios tiene cámaras de fotos y de vídeos y les da igual que los novios te paguen a ti, ellos también quieren registrar ese momento.

                Un día demoledor, pero como siempre, viviendo experiencias únicas.

                  Hotel #003

                  Estaba predestinado a morir antes de cumplir los treinta, al menos esa era la media en su barrio, pero sus versos entusiasmaron a un manager que andaba perdido por las estaciones del metro de Londres. Le sacó de la calle, de su barrio y, ahora, Jordan era portada de todas las revistas de música.

                  Jordan provenía de una familia del Congo que había trabajado muy duro para sobrevivir. Él lo sabía y se lo repetía a su novia mientras ella zapeaba desde la cama del hotel donde se alojaban. Eres una ignorante, le dijo a ella, que ni se inmutaba ante las quejas del chico. “Esto es demasiado para alguien como yo”.

                  Jordan salió del baño secándose las manos en sus tejanos, por lo que al verle, ella le gritó que usara las toallas. “No quiero pagar más”, le espetó. El comentario le produjo tal risa a la chica que casi se cae de la cama. “Todo está incluido, merluzo. Además, tu no lo pagas”.

                  Él se quedó sorprendido e inmediatamente pensó en llevárselas a su madre. Mientras buscaba un hueco en su maleta, ella, sin soltar el mando del televisor, le explicaba que con el dinero que iba a ganar con los conciertos, las entrevistas y la publicidad, tendría mil toallas mejores que las que allí ponían.

                  Pero él seguía sin asimilarlo. Se sentó observando cada detalle de la habitación y echó un vistazo por la ventana. Manchester estaba a sus pies, pero él no dejaba de pensar en su barrio marginal. En su gueto y en su familia. Sin dejar de mirar afuera dijo que lo dejaba. Entonces, ahora sí, ella soltó el mando del televisor como si le abrasara la mano. “¿Estas loco? Puedes ganar el suficiente dinero como para comprar el gueto entero… Ella se calmó y se acercó para acariciarle por la espalda. Tampoco quiero que me olvides a mí… dijo con voz acaramelada.

                  —A eso me refería, dijo él con arrogancia. Te dejo a ti.

                   Aquí en PDF.