Varios proyectos

De vuelta por España, trabajaré con Neo3D multimedia en un proyecto para el canal de televisión de Castilla y León. Un programa dedicado a la tercera edad con mayor espíritu.

El otro proyecto es más personal y a partir de septiembre lo dedicaré cien por cien de mi tiempo.

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    Si vas a… China #10 (fin)

    Los últimos días en Beijing visitamos parques, plazas, más templos y descubrimos un tentempié muy exquisito: saltamontes.


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    El Beihai Park (10 Yuanes=1,50€) es un enorme recinto parecido al retiro de Madrid, con su lago y sus barcas, con más templos (que puedes visitar pagando) y jardínes para pasar el domingo. Este parque está al oeste de la ciudad prohibida y le siguen una retahíla de lagos que bajan por su lateral hasta llegar a la entrada donde se encuentra la famosa plaza.

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    La Plaza de Tian’anmen, otro símbolo de China, una espectacular plaza que está en frente de la entrada a la ciudad prohibida, como he dicho. Destaca su bandera nacional custodiada por cuatro soldados. En el medio de la plaza hay dos pantallas enormes con un vídeo en bucle de lo bonito que es su país y lo patriótico, ya que en Beijing sí se nota este sentimiento con carteles en cada esquina de su amor a su tierra. Más al sur encontramos dos esculturas a la mayor gloria de los soldados caídos en batalla (¿Qué país no las tiene?).

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    El Templo del cielo está situado al sur de Beijing, es una de esas opciones para ir por la mañana y tirarte tres horas paseando por sus parques, templos y tiendas, ya que el templo del cielo es un conjunto de templos en un enorme parque. Moverte en la capital es lo que tiene, que todo está lejos de todo y decidir ir andando significaría perder el tiempo, ya que el metro solo cuesta 2 Yuanes el viaje, sea la distancia que sea. Tanto este parque como el que se encuentra en el norte el Palacio de Verano son lugares de paz donde la gente jubilada juega a las cartas, practica Tai chi y se llevan sus mochilas para hacer picnic y pasar el día.

    El primero era para orar y pedir a los dioses buen tiempo para la cosecha y el segundo tiene una larga historia que se puede consultar en internet. Los dos son patrimonio de la humanidad por la Unesco y es inevitable no tenerlos en la lista de lugares a visitar, pero tras dos semanas en China, viendo reconstrucciones de edificios, templos a los que no puedes acceder, a no ser que pagues, sobreexplotación de los lugares y turismo chino a raudales, mis energías estaban agotadas y me lo tomé más como un paseo por los parques que como visita oficial a estos. Todo hay que decirlo, tienen unos majestuosos edificios.

    Cerca del Templo de verano, que está muy lejos del centro (45 minutos en metro), al noroeste de la ciudad, está el Campus de la Universidad que se puede visitar, no sin antes ser registrado por el ejército, y disfrutar del buen ambiente que se respira con un enorme lago y parque que envuelven los edificios de las escuelas. Interesante al menos.

    Como colofón a los últimos días, no solo probamos el pato, famoso en Beijing, si no que nos atrevimos a comer saltamontes y alacranes. Los fríen mucho y los echan tantas especias que comes cáscara picante. Nada particular. Creo que es más el prejuicio de ver al bicho con sus patas que cualquier otra cosa. A mí por ejemplo el caracol me da más asco.

      Si vas a… China #09

      0403 forbiden city 6La ciudad prohibida (120 Yuanes= 15 euros) es otro símbolo de China y de su capital. Está en el centro de Beijing y mide 70 hectáreas, es decir, gastas suela paseando de templo en templo y tiro porque me toca. Si China se caracteriza por sus legendarias arquitecturas y tradiciones, tras salir de la ciudad prohibida tienes una indigestión de todo ello y solo te apetece echarte un rato en el parque a descansar. El término “visto uno, vistos todos” se nos vino a la cabeza a los del grupo, pero no por ello voy a dejar de alabar el inmenso esfuerzo que debe de ser mantener ese colosal monumento arquitectónico muy bien explotado por el gobierno donde, de nuevo, fuimos arrollados por la masificación de turistas chinos que poblaban cada entrada.

      Como no soy (somos) de los que leímos todos los carteles que explicaban la utilidad de cada edificio, ni nos entusiasmaron las tiendas de jade, ni mucho menos observamos con minuciosidad cada esquina que ocupa esta mini ciudad, terminamos tras tres horas de caminata en el jardín del señor emperador donde estaba la salida del norte y el Jingshan Park (2 Yuanes). Desde la colina donde había otro templo, con otro Buda más, se observa muy bien la inmensidad de la ciudad prohibida.

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      En un bar del parque probamos unas salchichas pinchadas en un palo (suena mal, pero es tal cual) que no nos agradó a ninguno el sabor. Es un tentenpié que encontramos en diferentes sitios de China. Justo cuando terminamos, un señor pidió hacerse una foto con uno de nosotros (algo habitual en el viaje). Mi amigo posó y seguimos nuestra ruta. El restaurante también fue de lo más normal en China: sin tenedores, sin postres, ni cafés, arroz y noodles picantes.

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      Esa tarde visitamos el Templo de Confucio (30 yuanes). Gracias a que había poco turismo, por no decir nada, y debido al cansancio de la mañana nos lo tomamos con calma y estuvimos entretenidos leyendo la vida y obra de este histórico personaje. Sin duda, a tener en cuenta sus valores y su enorme aportación a la educación de su época. Intentamos visitar el Templo de Buda, que estaba al lado, pero China tiene horario anglosajón y cierran alrededor de las cinco y media.

       

       

        Si vas a… China #08

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        Llegamos a Mutianyu en un autobús destartalado y nos llevó casi dos horas desde el centro de Beijing. (El viaje estaba programado por nuestro hostal y nos costó cerca de 30€ con desayuno y comida incluido, aunque no la bebida ni la subida a la Muralla).

        Estábamos entusiasmados y nerviosos por pisar y vivir in situ una de las maravillas más espectaculares que ha construido el ser humano. La muralla china es también conocida por la falacia de que es vista desde el espacio, pero que una vez allí compruebas que si fuera cierto, hasta tu casa se vería (tiene una media de siete metros de alto y seis de ancho). No, no se verá desde más allá de la estratosfera, pero pasear por esa simbólica construcción me hizo sentir que estaba viviendo una de mis mejores experiencias viajeras y pensé “mira que está lejos China…” (tarareando esta canción).

        Compramos los tickets (40 Yuanes) para subir en telesilla y la bajada en tobagán (esto sería tres horas después tras terminar nuestra ruta). La Muralla no está ni mucho menos entera, solo hay partes reconstruidas en diferentes ciudades. En nuestro caso, teníamos una ruta que ni mucho menos vimos entera. El primer punto fue duro, ya que había subidas y bajadas, escaleras con escalones de medio metro, y barandillas para apoyarse. Fue imposible no parar y descansar antes de continuar, ya que el sol picaba ese día y la falta de deporte se hacía notar. Cuando llegamos al final comprobamos que ya no se podía seguir, no por una valla ni ningún cartel de advertencia, si no por la maleza y el acceso directo al vacío. Extraño, pero así como había gente vendiendo refrescos no tenían un cartel avisando que te podías matar si seguías más allá de la muralla no reconstruida. Por suerte la otra parte era llana  y con subidas menos pronunciadas.

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        Tras varias horas paseando, hinchados de satisfacción nos esperaba una suculenta bajada en tobogán, gracias a la gentileza de unos constructores holandeses que hicieron ese inventazo que nos hizo deslizar en un trineo durante quince minutos, con un freno para controlar la velocidad y una total seguridad, disfrutamos como auténticos niños. Fue la guinda del pastel a una de mis mejores experiencias visitando China.

          Si vas a… China #07

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          Llegar a Beijing nos costó 70€ (con su agua del tibet correspondiente) desde la estación Shanghai Railway Station. En metálico, porque no es posible usar la tarjeta. Algo habitual en la ciudad. Nos hospedamos en Happy Dragon Blue, un hostel con bar/ restaurante (un poco carete), habitaciones privadas, limpio y hablaban inglés, incluso español (una chica muy maja, aunque deprimida por el trabajo. Literal. Nos dio penica). De nuevo, soltamos los billetes para pagar el hospedaje porque la tarjeta no está de moda por estos lares.

          Nuestra primera visita fue un breve paseo por la Villa Olímpica. Una pérdida de tiempo que no merece pararse mucho tiempo, pero como está tan al norte de la ciudad (en metro se tarda desde el centro media hora) no tienes otras opciones cerca una vez que vienes a visitarlo. La anécdota de la tarde fue intentar cambiar euros en un hotel de cinco estrellas situado cerca de la villa y en recepción no hablaban inglés. (Supongo que contratarían a gente para las olimpiadas).

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          La capital sigue con los mismos precios que Shanghai, también con su caos en el tráfico donde las motos conducen sin ley, el metro en ocasiones es intransitable de la masa de gente que hay, siguen escupiendo en cualquier esquina, las calles de restaurantes huelen a noodles y hay baños públicos en todas partes (los hay sin puertas privadas, por lo que nos vimos en la tesitura de tener que mear al lado de un tio que estaba literalmente agachado plantando un pino. Curioso). En Beijing había mucho más turismo, pero siempre superado por los propios chinos más que por los occidentales, que llamábamos la atención y nos pedían hacerse fotos con nosotros (sobre todo chicas).

          La primera impresión de la capital se hizo corta y frustrante por el viaje y el paseo “olímpico” por la villa, pero esa noche íbamos a dormir con ansias porque al día siguiente visitábamos: ¡La muralla china!

           

            De boda #010

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            ¿Cual es tu sueño en la vida? Eran casi las nueve de la mañana y Rebecca conducía dirección norte. Era la segunda boda en la que ella me había contratado. Se hacía llamar videógrafa que en inglés era muy cool, pero en español sonaba fatal. Su acento no era muy cerrado, pero la pregunta sonó tan extraña a esas horas que la tuvo que volver a reformular para que yo la entendiera. “¿Por qué me preguntas eso? Sobre todo a estas horas”. Ella sonrió y me dijo que su sueño era irse a San Diego, Estados Unidos, y abrir una tienda de joyas o ropa. Asentí como quien da por aprobado el sueño y seguimos charlando de viajes durante el resto del trayecto.

            Llegamos tras una hora en carretera a la casa de la novia. Observé la decoración del salón y el buen gusto de los propietarios de la casa, mientras Rebecca grababa a la novia en su cuarto. Al rato llegó el novio y Rebecca me dijo que me fuera con él. Salimos de la casa y vi que tenía un Audi de gama deportiva, de los que cuando pisas un poco el acelerador gruje como un león. El chico me pidió que le hiciera una foto, pero yo le expliqué que no era fotógrafo, sino videógrafo. No me hizo caso y posó delante del coche. Click.

            Subí en el coche y me puse el cinto en el primer acelerón. Fuimos por las intrincadas calles a tirones. Acelerando y frenando cada dos por tres, porque era un pueblo, porque había semáforos y porque no estábamos en una pista de fórmula uno para desgracia del conductor. A pesar de ello, el rugido del motor era adrenalina para el novio. Llegamos a una explanada donde estaban aparcados dos coches más. Dos bestias pardas con sus rugidos particulares de sus respectivos motores. Eran los amigos del novio. Empecé a grabar los caros coches que esa gente había alquilado. Era consciente de que esas familias tenían dinero, mucho, pero no como para que todos esos niñatos tuvieran cada uno coches de esa cilindrada. Nada más bajarme del coche y verme con la cámara uno de ellos me pidió una foto. “Es vídeo”, insistí. Click.

            Llegaron más. Un Ferrari, un Maserati, Audi’s, BMW’s y la estrella del grupo, un Lamborghini. Todos querían hacerse una foto junto al preciado coche. Él graba vídeo, dijo el novio a un grupo de amigos, pero la mayoría no le hicieron caso. Grabo vídeo. Pero eso es una cámara de fotos. Ya, pero graba vídeo y yo soy el que grabará la boda. El fotógrafo está en otro lado. ¿Pero nos haces una foto?. Click.

            El novio me dijo que nos íbamos y me indicó en qué coche iba yo. Un Maserati descapotable. Ahora sí que les interesaba el vídeo. Como si de un cámara de fórmula uno se tratase, íbamos los primeros de la larga fila de coches deportivos. Rugieron por las calles mientras yo grababa. Cuando pasaban con grandes alardes por delante de nosotros, volvíamos a acelerar para ponernos primeros de fila, parar en una esquina y grabar su llegada. Estaba a años luz del entusiasmo que tenía aquella gente. Los coches nunca habían sido mi pasión y estaba más preocupado por la incomodidad de grabar con el cinto de seguridad que de aquellos motores en plena ebullición, por lo que respiré aliviado cuando llegamos a la ceremonia. Rebecca no estaba.

            De hecho, no había ninguna mujer alrededor. Solo había hombres. Los amigos del novio que le cogieron en volandas y entraron en el salón. Me quedé estupefacto al entrar. Era una enorme sala llena de mesas donde la gente comía sin orden ni control. En cada mesa tenían un bufet en el medio que se servían tantas veces como quisieran. Hacía tanto calor que se me empañó la lente de la cámara. No había stage, ni decoración alguna, solo gente comiendo, así que empecé a grabar. Cuando unos terminaban de comer, se levantaban y les sustituían más gente que estaba esperando en la puerta, donde se había formado una fila enorme. Yo seguía sudando y la situación me tenía un poco trastocado. No entendía nada. ¿Dónde estaba la ceremonia?. ¿Dónde estaba la novia?. Y lo más importante, ¿dónde estaba Rebecca?

            Tras media hora grabando, salí a que me diera el aire y vi a Rebecca. Me explicó que ella estaba en otro salón donde solo podían entrar las mujeres. La comida era por separado, cuando terminaran, el novio entraría en el salón de las mujeres para hacerse las fotos junto a ella y partir la tarta. Respiré un poco y volví al salón donde la gente seguía comiendo y yo… grabando. Terminé exhausto tras dos horas, pero por fin el salón empezó a vaciarse y yo pude sentarme a comer algo. Un amigo del novio se encargó de acompañarme y explicarme qué era cada comida y en qué orden tenía que servirme. ¿Postre? Por qué no le dije.

            Apenas quedaban fuera el novio y los amigos más allegados. Estaban esperando a entrar al salón donde la novia esperaba. Italy! Italy! Me giré y vi a un tipo montado en un coche gritando. Me acerqué y le dije que era español, él sonrió y me pidió una foto. Suspiré cansado de tanta explicación. Click. El novio entró en el otro salón, en el prohibido, en el que solo él y los familiares más allegados podían acceder tras la comilona. Rebecca me esperaba en una esquina. Tenía los pelos despeinados del sudor. Los dos sonreímos al vernos y terminamos de grabar la boda.

            Durante el trayecto de vuelta a casa estuvimos un buen rato sin hablar, como cogiendo aire después del largo día, pero Rebecca se debería sentir incómoda con tanto silencio y se acordó de que yo no le hablé de mis sueños.

            –No sé –dije con zozobra –, hace tiempo que he dejado de soñar.

              Si vas a… China #06


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              Shanghai es una ciudad cosmopolita, que tiene barrios que huelen a refrito, sucia, poco higiénica, desordenada, con gente simpática que te sonríe, pero escupe en el metro, y luego estan barrios como Pudong, donde encuentras los rascacielos, luces de neón en árboles, calles requetelimpias, con turismo gastando por dóquier… Un mar de contrastes.

              En Pudong pudimos visitar un rascacielos. Tienen precios diferentes dependiendo la altura que elijas, con sus azafatas y su bar (caro) mientras observas las vistas. Es un negocio redondo. Entre todas los edificios elegimos SWFC y subir al 94F nos costó 120 Yuanes=15€. Para llegar a este barrio siendo turista recomiendo el taxi o el metro (4Y). Nosotros fuimos en el Bund Sightseeing Tunnel que es una bobada de tren con un túnel lleno de luces artísticas, neones, telas colgando para engatusar al turista (70Y la broma).

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              El Old town (pueblo o parte vieja) tiene poco de viejo. Es un barrio para vender la marca China, donde pudimos confirmar que había turistas a patadas, la mayoría chinos, con los edificios reconstruidos simulando las casas antiguas y con sus locales de a pie de calle vendiendo souvenirs (donde tienes que regatear, por supuesto). Tras dar una vuelta y esquivar a la masa de gente llegamos al Yuyuan garden, que sí merece la pena entrar (15Y). De nuevo, nos encontramos con un espacio de relax, con similar arquitectura y distribución como el jardín que vimos en Suzhou, pero mucho más grande. Lagos, casas y árboles recrean este maravilloso lugar.

              El Templo de Buda de Jade (20Y entrada y 10Y la tumba) es un esperpento de lo que se ha convertido la religión. Allí aprendí que la gente compra dinero falso para luego quemarlo, porque creen en la vida después de la muerte y al quemarlo se lo donan a los del más allá (!). El templo se encuentra en el este de la ciudad (Línea 7. Changshou rd.) Dentro hay varias figuras de Buda espectacularmente decoradas por todos lados, a las que la gente rezaba una tras otra (desconozco el significado de cada escultura que podían medir más de cinco metros de alto cada una). Dentro del recinto hay puestos de venta de este falso dinero, incienso, velas y, por supuesto, de jade. La tumba está en una sala oscura (donde hay que pagar otra entrada), protegida por varios metros de distancia por una valla y con una persona a cargo, que vende botellas que la gente compra para donarlas y dejarlas al lado de la tumba de Buda, al que no está permitido hacer fotos ni grabar en video. En definitiva, un lugar interesante de ver.

              Nosotros fuimos con la idea de que Shanghai era la cuna de los aparatitos electrónicos muy baratos, pero no. Estuvimos en un mercado al sur de la ciudad (Línea 1. Xujiahui) donde había cientos de tiendas que venden teles, portátiles, tabletas, móviles, etc… pero, aunque eran un poco más barato que en España, seguía siendo todo caro. La ciudad se puede visitar como mucho en tres días, a no ser que busques lo mismo que cualquier capital europea. Por eso visitamos Suzhou y Hangzhou (próxima entrada).

               

                Si vas a… China #05

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                Nos dimos cuenta pronto de que comer en Shanghai era barato, pero los cafés no. (El café en China es importado). Barato, pero tarde o temprano teníamos que hacer el cambio de moneda o sacar del cajero. Como teníamos euros, nos acercamos a un banco y, a pesar de que se tiraron un buen rato sellando un montón de papeles, el cambio lo hicieron bastante bien, mucho mejor que en España o el aeropuerto (incluso que en el cajero), por lo que siempre que pudimos cambiamos el dinero en bancos.

                Visitamos Suzhou, un pueblo al este de Shanghai y a una hora en tren de alta velocidad (40 Yuanes=5€) El vehículo era similar al AVE, pero aquí había azafatas dentro de los vagones y acceso a agua caliente gratis, porque la gente lleva sus infusiones y sus tazas encima. Nada más llegar, mi amiga Ziyu, negoció largo y tendido con una chica que nos vendía una ruta turística. Tras veinte minutos hablando con ella, sí, veinte minutos, nos fiamos y nos montamos en un destartalado bus por cerca de diez euros.

                En Suzhou hay más de doscientos jardines chinos, pero solo vimos uno, The couple’s Garden Retreat. Muy bien conservado y con un aspecto de retiro pacífico muy interesante. Una vida sin estrés que llevaría el dueño. Rodeado de árboles, riachuelos y pequeños recovecos donde descansar. La paz se respiraba en el ambiente. Terminamos esta visita montados en una barca donde el remero nos dio una vuelta de cinco minutos y, al estilo de venecia, nos deleitó con una voz rota unas cancioncillas para luego justificar que le soltáramos unas monedas. La ruta de la seda pasaba por este pueblo, por lo que la visita a un museo-tienda de este magnífico material era imprescindible. Una explicación muy rápido de cómo se hacía la seda y terminaba en una tienda. Durante la comida, Ziyu, nos comentó que tienen la costumbre de comer con platos compartidos, arroz, pollo, verduras, y la sopa la dejan para el final, pero no pudimos terminar ni siquiera los primeros platos, ya que el guía nos llamó para seguir la ruta a toda prisa.

                La siguiente turistada fue ver a un par de artistas cantando (ópera china) en un pequeño teatro y, de nuevo (la parte más odiosa de la visita, ya que nos llevaba a matacaballos), hicimos otro viaje en barca para terminar en una tienda de jade. Esto fue el momento más surrealista de la ruta, ya que el dueño de la tienda estuvo demostrando las cualidades de su piedra cortando cristal, como si fuese un teletienda, y explicando lo virtuoso que es llevar consigo una pulsera de jade (los precios eran a partir de 200 euros). Según mi amiga, esta piedra es muy conocida en China porque creen que te recupera de dolores y enfermedades.

                Niños jugando en Sozhou
                Niños jugando en Suzhou

                El final del viaje fue lo mejor: la visita a la parte antigua del pueblo. Es lo más parecido a Venecia, con sus riachuelos y sus barcas. Rodeado de casas antiguas y una hilera de turistas haciendo fotos. Callejeando nos metimos en un bar y probamos sus deliciosos batidos naturales. Lo que me atrajo del sitio fue ver que estaba lleno de post it por las paredes y colgando del techo. Cada uno de ellos era un deseo y, según las dueñas del local, se cumplían, así que inmediatamente nos pusimos a escribir los nuestros y colgarlos (solo por si acaso).

                  Si vas a… China #03

                  Xintiandi
                  Xintiandi

                  A pesar de que el metro y el taxi eran baratos, decidimos andar hasta la Concesión Francesa, un barrio al sur de la ciudad donde descubrimos, por primera vez, los bares. Cerca del metro Xintiandi nos adentramos en una laberíntica zona peatonal donde vimos las terrazas ocupadas por occidentales disfrutando de las cervezas a diez euros. Como nuestros bolsillos temblaron al ver esos locales, seguimos paseando por la zona, que si no hubiera sido por los rasgos orientales de la gente, hubiéramos pensado que los rascacielos y los McDonalds eran de una ciudad europea.

                  Huímos de allí para buscar Taikang Rd, una calle que teníamos apuntada en nuestros apuntes como “interesante”, pero al llegar allí no le encontramos nada particular, hasta que descubrimos en una callejuela un mercadillo muy curioso. A pesar de ser peatonal, las motos y bicicletas seguían pitándonos para cederles el paso. Había un montón de locales de artistas junto con los más que sobrados puestos de souvenirs, esta vez más baratos y donde pudimos regatear por primera vez.

                  Mercadillo Concesión Francesa
                  Mercadillo Concesión Francesa

                  Dimos un largo paseo por la zona y comimos en un thailandés. Uno de mis amigos, que no quería aprender a usar los palillos, había hecho una foto a un tenedor, ya que la gente en general apenas hablaban inglés, pero tampoco le sirvió de mucho. En Jinglang Temple, un centro comercial con una fachada muy bien reconstruida como un templo antiguo, vimos a mi amiga Ziyu, que nos dio una buena guía de su ciudad y nos indicó donde estaba el famoso mercadillo de falsificaciones.

                  Jing'an Temple
                  Jing’an Temple

                  En Nan Jing Xi Rd número 580 (más o menos) vimos el mercadillo, o quizás fueron los comerciantes quienes nos vieron a nosotros, ya que nada más pisar la puerta, cual buitres buscando carnaza, levantaron sus miradas de las pantallas de los móviles y empezaron a vendernos sus productos. Ingenuos de nosotros, quisimos saber los precios de los relojes y una mujer nos dijo que la siguiéramos. Sin pensar lo más mínimo, fuimos detrás de ella y subimos unas escaleras exteriores donde llegamos a un segundo piso. Allí llamó por teléfono a quien nos abrió y nos dirigió hacia otra habitación con una pequeña puerta falsa. Nos tuvimos que agachar y entramos en una pequeña tienda llena de bolsos. Los relojes los tenían ocultos (más si cabe), pero al solo querer un reloj, el vendedor no quiso rebajar mucho, por lo que salimos de aquel escondrijo a tomarnos una cerveza al hostal, donde allí estaban más baratas (20 yuanes= 2,50 euros. Marzo 2013).