Hotel #004

Ni se ha molestado en recoger un envoltorio de caramelo que había en mitad del pasillo. Lo ha tenido que pisar.

 –Ganará el mínimo, el pobre. – Dijo el abuelo mientras la abuela envolvía una caja de bombones en papel de regalo.

 –Iba vestido con unos pantalones roídos en los bajos, que se los iba pisando. ¿Y la camisa?, le venía grande, por cierto, y no llevaba su nombre como el resto… Iba por los pasillos dando los buenos días con una sonrisa de oreja a oreja, parando su carrito y dando paso, como si no se le notara que lo hace de cara a la galería.

 –Todo ese escaparate es para no perder el trabajo, mujer, supongo que odiará a todos los que se hospedan en este hotel. Incluso a nosotros –dijo el abuelo llamando la atención de la abuela.

 –Al menos podría planchar la camisa. Y cuidar los pantalones que los lleva descosidos y desgastados. Y ni que decir de las playeras (que no zapatos) que están rotas en el puntapié. Seguro que son del Primark, las más baratas.

 La abuela terminó de envolver el paquete y miró al abuelo que sonreía con una mirada cómplice.

 –A ti te cae bien porque es de España y has aprovechado para contarle alguna de tus batallitas cuando estuviste allí. – La abuela dejó el paquete en la mesa y escribió una nota que decía “para el personal de limpieza”.

 –Sabes, querida –dijo el abuelo dando un beso en la mejilla a la abuela–, yo tampoco hubiera recogido el envoltorio de caramelo.

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    Mi Manchester #44

    Sigo recibiendo emails de gente que está pensando en venirse a Inglaterra y está preocupada. Como debe ser. Hay que venir con mucho cuidado, pero solo por los hombres mayores que quieren ser tus amigos.

    Me explico.

    El otro día estaba esperando el autobús en el centro y un hombre se puso a hablar conmigo. Nada especial, excepto cuando le dije que era español y me contestó que él tenía muchos amigos españoles. Después me soltó si me gustaban mis amigos. Tal cual. Como mi inglés sigue cojeando por todos lados, le pregunté que qué quería decir con lo de si “me gustan” mis amigos, y el hombre me echó una sonrisa que me dio escalofríos.

    Anécdotas a parte, lo que tenía ganas de contar es la historia de un español más que se vino a Manchester. Se llama Lolo y es de Madrid. Estuvo viviendo menos de una semana en mi casa gracias a que encontró trabajo y habitación. Sí, en una semana.

    Este es el caso de alguien que vino como yo. Buscó trabajo de “lo que sea”, lo encontró y ha empezado su aventura por estas tierras. “Su Manchester”.

    Solo puedo hablar de este tipo de personas porque son casos similares al mío. Gente como Berta que curra de camarera y que, después de año, ya está pensando en hacer las maletas de vuelta a España. O como Romina, una asturiana que está sufriendo el mismo trabajo que tuve yo, limpiando habitaciones en un hotel. O Aurora, de la que ya hablé al principio de venir aquí. Ella trabaja a media jornada en el Primark, la otra media estudia inglés y los viernes está poniendo copas en una discoteca hasta las cinco. También anda por ahí Juan, un zamorano que se está intentando sacar el First mientras trabaja en el caffé Nero.

    Aquí sigue viniendo mucha gente y, lo que es peor, también se van. Unos por más tiempo que otros, por lo que los trabajos de este tipo siempre sobran. De lo único que me preocuparía es por esos señores mayores que quieren ser tu amigo mientras esperas el autobús.

    Por cierto, le dije que no. Rompiendo corazones en Mi Manchester.

      Mi Manchester #42

      Foto en Birmingham, U.K.

      Me he visto envuelto entre Maseratis, Lamborghinis, Lange Rovers y BMWs de alta gama. He pasado frío y calor a partes iguales y, por primera vez, he visto el Walima, o sea, el segundo día de la boda islámica, por separado. Hombres y mujeres cenando en salones diferentes.

      Nada más empezar el día, Rebeca, la fotógrafa con la que trabajaba (esta vez no era Amir) me dijo que yo me iba con el novio. Me recogieron en un audi A5, acelerando en pequeños tramos como si viviera en una carrera y me llevaron a un parking donde empezaron a llegar más autos de este calibre.

      Todos estaban flipando con los coches y deseaban tener una foto!! Ha sido un día duro por esto también, ya que trabajamos con cámaras HDR, es decir, una cámara de fotos que graba vídeo en alta definición, por lo que la gente piensa que estas haciendo fotos, no vídeo, como es mi caso, así que a pesar de repetirles que no era el fotógrafo, les he tenido que hacer las puñeteras fotos.

      De camino al salón donde iban a cenar, me han llevado como si fuera Fast & Furious. Adelantando, acelerando, pitando, corriendo por las endiabladas callejuelas del pueblo un total de veinte coches. Mientras yo estaba grabando en un masserati descapotable. No. No soy el típico hombre que se le cae la baba por estos coches, estaba acojonado con tanto acelerón.

      Al llegar al evento me encuentro con que los hombres comen en un salón y las mujeres en otro. Excepto los niños, nadie más tenía permiso para saltarse esta norma, por lo que mi parte, la de los hombres, ha sido grabarles mientras se ponían hasta las trancas. Nada más entrar, el calor empañó la lente. Durante más de dos horas venía gente a comer, como si de un club social se tratara.

      Y debe ser eso, de “tratar”, porque a pesar de que cada uno me llamaba de una manera, (incluso, buongiorno, y cuando les decía que no era italiano, sino español, me soltaban “andale”) esta gente sabe tratar muy bien y en cuanto supieron que no había comido todavía, tres personas me atendieron. Te hacen sentir como en casa.

      Al final del día los novios se juntaron en el salón de las mujeres, donde ya pude entrar y ver, por primera vez, a la novia. Entonces empezó la lucha por trabajar, porque todo dios tiene cámaras de fotos y de vídeos y les da igual que los novios te paguen a ti, ellos también quieren registrar ese momento.

      Un día demoledor, pero como siempre, viviendo experiencias únicas.

        Hotel #003

        Estaba predestinado a morir antes de cumplir los treinta, al menos esa era la media en su barrio, pero sus versos entusiasmaron a un manager que andaba perdido por las estaciones del metro de Londres. Le sacó de la calle, de su barrio y, ahora, Jordan era portada de todas las revistas de música.

        Jordan provenía de una familia del Congo que había trabajado muy duro para sobrevivir. Él lo sabía y se lo repetía a su novia mientras ella zapeaba desde la cama del hotel donde se alojaban. Eres una ignorante, le dijo a ella, que ni se inmutaba ante las quejas del chico. “Esto es demasiado para alguien como yo”.

        Jordan salió del baño secándose las manos en sus tejanos, por lo que al verle, ella le gritó que usara las toallas. “No quiero pagar más”, le espetó. El comentario le produjo tal risa a la chica que casi se cae de la cama. “Todo está incluido, merluzo. Además, tu no lo pagas”.

        Él se quedó sorprendido e inmediatamente pensó en llevárselas a su madre. Mientras buscaba un hueco en su maleta, ella, sin soltar el mando del televisor, le explicaba que con el dinero que iba a ganar con los conciertos, las entrevistas y la publicidad, tendría mil toallas mejores que las que allí ponían.

        Pero él seguía sin asimilarlo. Se sentó observando cada detalle de la habitación y echó un vistazo por la ventana. Manchester estaba a sus pies, pero él no dejaba de pensar en su barrio marginal. En su gueto y en su familia. Sin dejar de mirar afuera dijo que lo dejaba. Entonces, ahora sí, ella soltó el mando del televisor como si le abrasara la mano. “¿Estas loco? Puedes ganar el suficiente dinero como para comprar el gueto entero… Ella se calmó y se acercó para acariciarle por la espalda. Tampoco quiero que me olvides a mí… dijo con voz acaramelada.

        —A eso me refería, dijo él con arrogancia. Te dejo a ti.

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