
Llegué a la calle gracias al mapa del móvil. Eché un vistazo para buscar una casa decorada, familiares en la calle o, incluso, alguna limosina, pero no encontré nada. Dudé incluso del lugar y volví a cerciorarme de que no me había perdido. La señal con el nombre de la calle estaba oculta tras una arboleda, pero tras confirmar el nombre, me dirigí al número de la casa. Llamé un par de veces y retrocedí un paso por si se asomaban a la ventana del salón, como hacía mi abuela antes de abrir la puerta, pero nadie se asomó ni abrió la puerta. Volví a insistir y, por fin, salió un hombre mayor en bata y zapatillas. “¿Es la casa del novio?”, pregunté. El viejo me dijo que no y me cerró la puerta. Mi estómago dio una voltereta y sentí un escalofrío. Cogí el teléfono y llamé de inmediato al fotógrafo que me había contratado.
La calle es la correcta, me confirmó. Pues aquí me han dicho que no. Espera que llamo a la hermana. ¿Gustavo? Me di la vuelta y vi a una mujer que salía de un coche, era la hermana del novio, me dijo, y me invitó a entrar a la casa donde hacía unos minutos había estado. Le seguí por el estrecho pasillo. Ella iba cargada con varias bolsas de la compra y parecía que cojeaba porque vacilaba de un lado a otro. Me dijo que me sentara en el salón y me ofreció un té. “Lo siento. Son un caos las bodas paquistaníes”. Eché un vistazo al reloj y vi que aquello se iba a demorar más de lo previsto.
Mientras untaba una galleta en el té, llegó el viejo ya vestido y con la cara sonriendo. Me pidió perdón, aunque no me quedó claro si es que no me había entendido bien o que no era consciente de que su nieto se casaba. Me dijo que encendiera la tele para entretenerme, ya que iban con retraso, pero aunque lo intenté con varios mandos a distancia no lo logré. El viejo se fue y llegó un chaval que encendió la tele a la primera. Estuvimos hablando de fútbol, del madrid y el barcelona, aunque yo le insistí que yo era de Valladolid. El chaval, como era lógico, no tenía ni idea de mi ciudad. El viejo volvió y me ofreció otro té.
Llegaron más familiares. En concreto un grupo de mujeres, cada una con un vestido diferente. Colores llamativos, como el rosa, el amarillo o azul turquesa con decoraciones de falso oro o plata. Los brazos les tenían repletos de joyería barata y algunas se había decorado la piel con extraordinarios dibujos en henna. Todas entraron en el salón y en poco tiempo me vi rodeado. Las mujeres mayores hablaban en urdu, un lenguaje que ya me era familiar, mientras que las jóvenes en inglés. Mi incomodidad se sufragó cuando la hermana del novio me dijo con amabilidad que aquel era el cuarto de las mujeres y me acompañó a otro salón donde estaba el viejo y un par de hombres más.
Empecé a grabar, es decir, a trabajar, tras dos horas después de haber llegado a aquella casa. Las mujeres, sobre todo las mayores, se cubrieron la cabeza con pañuelos. Las chicas y las niñas no llevaban nada por encima y cuando les apuntaba con mi cámara les entraba la timidez. Cuando volví al salón de los hombres, estaba vacío, así que esperé sentado. Un hombre se acercó con una alfombra bajo el brazo y me saludó sonriendo. Intuí lo que iba a hacer y le dije que me salía del salón, pero él dijo que no hacía falta, así que desplegó junto a mis pies la alfombra y se arrodilló. La situación se me hizo larga e incómoda. Tenía al tipo rezando delante de mi como si yo fuese una deidad. El problema es que tampoco podía escabullirme de aquel momento porque el salón era tan pequeño que su cuerpo obstaculizaba mi salida y saltarle no era muy apropiado en ese momento.
Cuando el hombre terminó, se presentó como el padre del novio, entonces me di cuenta de que había perdido la noción del tiempo y de por qué estaba allí. El novio. Miré el reloj y llevaba tres horas allí sin haber visto a uno de los protagonistas del día. Le pregunté si le quedaba mucho y el hombre me sonrió. Sí, tienes razón, como si a él también se le hubiera olvidado el por qué de mi presencia o, incluso, el por qué de la presencia del resto de sus invitados.
La casa empezó a ser un hervidero de gente. La temperatura había subido. Era imposible moverse sin pedir disculpas. ¿El novio? Pregunté. La hermana me dijo que en seguida bajaba y me ofreció un té. Suspiré y acepté la invitación. Decidí sentarme en el salón de los hombres, ya que la espera iba a ir para largo.