Quizás fuera el vino o quizás fuera el pie de ella acariciándole la entrepierna en el restaurante, en cualquier caso, los dos entraron en el hotel con la sangre que parecía un fórmula uno quemando rueda en las curvas. Quisieron disimular que eran pareja, que no era la primera cita, pero al pedir una habitación ella insistió en pagar la mitad. El recepcionista ni siquiera se inmutó.
Era de madrugada, pero coincidieron con otra pareja más jóvenes que ellos en el ascensor, por lo que contuvieron sus deseos de morderse el cuello y meterse mano. Al llegar a su piso se besaron en cada rincón hasta que el detector de la luz les hacía caso omiso y les dejaba en penumbra. Tras cerrar la puerta del cuarto, él le quitó el vestido con cuidado, pero ella le paró antes de soltar el sujetador.
Le dijo que no se desnudara, que la esperase, y se metió en el baño. Ella estaba en ropa interior con medio maquillaje corrido. Él puso el canal de porno en la televisión y sonrió al sentir movimiento en su entrepierna. Se miró al espejo del armario para acariciarse las canas y sonrió.
Hicieron el amor despacio, con besos que todavía sabían al vino de la cena y se quedaron dormidos en poco tiempo.
Estaban tan cansados que no oyeron al chico de la limpieza entrar en la habitación. Les encontró desnudos y abrazados, y se disculpó con una sonrisa pícara, aunque ellos no se enteraron. Más tarde sonó el teléfono en el cuarto. Esta vez era una chica de recepción que preguntaba con mucha amabilidad si iban a quedarse otra noche más. El hombre, cansado y con resaca, se dio cuenta de que estaba solo y dijo que no.
El reloj marcaba las doce y media. Se duchó, se vistió y vio en el suelo del baño unas extensiones de pelo rubio. Las acarició y las olió. El perfume de ella permanecía envuelto en ese falso pelo. Lo dejó junto al lavabo y se fue.
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