Hotel #006

Milan tenía al lado a un viejo oriental. Era tan flacucho como los fajos de veinte quid que gastaba en la máquina. La misma ruleta virtual a la que jugaba él. Milan tan solo había utilizado uno de esos billetes y seguía en racha, al menos es lo que parecía, pero no. Una vuelta más de la ruleta y todo se fue al carajo.

Es por tu culpa”, soltó en un inglés claro. Milan siempre le decía lo mismo al chico español, con tono seco, pero con una leve sonrisa en la cara. De vuelta al trabajo en el hotel, los dos se compraban unos sandwiches. “Un día te tengo que llevar al centro comercial. Allí hay buena comida y barata. “This is a crap”.

Tomar el aire fuera del edificio les daba fuerzas hasta terminar la jornada, pero a veces se les iba de las manos y el trabajo se les acumulaba demasiado. El carro llegaba al sótano con una montaña de sábanas y toallas sucias.

Todos los días salían a dar una vuelta, pero solo el lunes era cuando Milan jugaba. “Las máquinas están frescas”, decía. El español le miraba con cara perplejo cómo perdía una y otra vez dinero. “Es tu culpa”, le volvía a decir. Pero esta vez, Milan tuvo una contestación que no esperaba: “Voy a dejar el hotel”. Milan hizo una sonrisa forzada. “Good for you”.

Semanas después llegó el último día del español y los dos se fueron al centro comercial. Milan no paraba de hablar de la buena comida que preparaban allí. Llegaron en autobús y se adentraron en una diversidad de locales con la gastronomía de cualquier parte del mundo.

Milan sacó uno de esos billetes con el que tanto le gustaba jugar y sonrió. “El otro día que no viniste gané. Te lo dije, era tu culpa”. El español le miró sorprendido y le soltó en su mal inglés: “Changes always good”. 

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