Fiebre – Concurso relatos #Bajodosbanderas Zenda

Me ardía la frente. Llevaba varias semanas con una intensa fiebre y el vaivén de la nave me hacía arrastrar los pies por el navío. Cuando el capitán nos ordenó formar para soltar su panegírico de honor, ya estábamos muy cerca del puerto y se divisaban los casacas rojas británicos. Gracias a que mi hermano me sujetaba del brazo, pude resistir hasta que el capitán soltó algo así como “por España y por el rey”. Entonces dejé de notar la presión de la mano de mi hermano y vi al enemigo volar por los cielos en una danza tétrica. Mientras mis compañeros se arremolinaron en cuclillas para no recibir ninguna bala, yo caí de bruces y me di contra un cabillero de estribor. Lo siguiente que recuerdo fue ver la cara de Josechu frente a mí.

—Entonces lo del barco sobrevolando el puerto, ¿no era cierto?

Hubiera jurado por mi madre que aquello lo había visto con mis propios ojos. El golpe y la fiebre que arrastraba por esos días hizo que mi imaginación también volara. Tanto fue así, que vi a nuestra nave devorar a los enemigos como si fueran percebes. Tampoco andaba muy alejado de la realidad. Me contó Josechu cómo nuestro ejército salió victorioso y dimos candela a los franceses que ocupaban el puerto.

—¡Dirás ingleses!
—Yo qué sé.

Mi hermano no era muy de escuchar cuando el capitán nos soltaba aquellas bravuconadas salpicadas de patriotismo. La mitad de mi cara me dolía horrores. Me había rajado medio moflete del golpe, pero en poco tiempo la barba disimuló mi cara de batracio.

Mi hermano Josechu y yo habíamos salido hacía meses de Bilbao. Dejamos el barco de pesca por uno militar donde nos prometieron de todo. Que si oro, que si gloria.  ¡Incluso comida! A nosotros nos daba igual. Josechu había rebanado el cuello de su capataz harto de sus fechorías y tuvimos que huir de nuestra tierruca. Yo nunca entendí nada, pero era el hermano mayor y me uní a él en esta aventura.

Josechu conservaba aquel cuchillo y me dijo que ya lo había utilizado con algún perro francés.

—¡Inglés!
—Da lo mismo. El que se cruce, cagontó.

Mi hermano había tenido que lidiar en alta mar mientras pescaba con todo tipo de personajes, así que aquel nuevo episodio en la nueva España fue pan comido. Gracias a él me recuperé pronto y empezamos de cero nuestra vida en aquellas tierras. Si en alta mar habíamos pasado hambre, la vida en aquel apestoso puerto no fue diferente. Nuestra pericia con la pesca nos ayudó a tener algo que comer durante las siguientes semanas, pero Josechu no tardó en perder la paciencia.

—Txiki, nos vamos.

Mi hermano era un culo inquieto. Se pasaba los días cortando pescado, dándose hostias en la taberna medio borracho y, en el poco tiempo que le sobraba, buscaba a algún oficial para saber cuándo salíamos de allí de una puta vez.

—No nos vamos de aquí, pero si quieres unirte al pelotón que sale al norte…

La guerra, o lo que fuese aquello, no había terminado. No supe muy bien por qué, pero alguien pedía voluntarios para ir dar por culo a más ingleses al norte. Josechu tenía ganas de salir de allí hasta que vio el grupo que iba a integrar aquella expedición.

—Negros, franceses, no les entiendo una mierda y, ¿qué cojones es eso?

“Eso” eran nativos indios. Josechu no había visto nada similar en su vida. Yo tampoco. A pesar del aspecto todos teníamos la misma misión. Dar por culo a los casacas rojas británicos.

Una semana después nos encontrábamos arrastrando un puñetero cañón entre el fango. Josechu había olvidado quién tenía al lado y, aunque no se entendía con unos ni con otros, se hizo amigo de un indígena con el pelo rapado y una cresta en el centro. Mi hermano le apodó el pintxo.

A mí la fiebre volvió a acompañarme al poco tiempo.

El calor era insufrible. Josechu y yo estábamos acostumbrados a otro clima. Entre el fango y la humedad, me salieron llagas en los pies. Los mosquitos nos devoraban por la noche y por el día. Tuvimos varias bajas de compañeros que cayeron enfermos. Un francés se voló la cabeza entre sudores. Vi el reflejo de mi destino en aquel hombre cuando caí desmayado mientras cruzábamos un río. Si no llega a ser por el pintxo,  muero ahogado allí mismo.

El pintxo me sacó del agua y me cogió entre brazos. Mi hermano y él me llevaron en una camilla durante todo el trayecto. Nuestro amigo me debió de dar algo para despertarme y llegar vivo a nuestro destino. No sé qué tipo de planta verde era, pero tenía un sabor amargo repugnante. A pesar de que la fiebre seguía dándome alucinaciones, pude mantenerme en pie antes del asalto a aquella fortificación.

Esta vez, me tocó limpiar la boca del cañón. Había miles de ellos soltando enormes bolas con alas que llegaban hasta el enemigo. Teníamos de frente un gigantesco fuerte que para mí se había convertido en un monstruo que devoraba los proyectiles como si fueran habichuelas. Mientras, mis compañeros se volvían locos de un lado a otro. Cañones aquí. Truenos allá. Fuego. Balas. Yo disfruté con los delirios de mi fiebre.

Y vencimos.

Esta vez no quise preguntar a mi hermano de lo sucedido. Mi recuerdo fue mucho más divertido que lo que cuenta la historia original.

Gustavo Prieto
#Bajodosbanderas

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