De boda #003

Me ofreció un zumo y lo acepté encantado. El atasco iba a durar más de lo previsto y la película no había terminado, nos venía de lujo para los que estábamos en los asientos de atrás disfrutando del trayecto. Estaba en un Chrysler gris con una matrícula que llevaba el nombre de la mujer que conducía. Detrás de mí estaba su hija, a quien había prometido hacer un picnic, mientras Tom y yo íbamos a grabar una boda. La niña estaba contenta, como yo, al fin y al cabo estábamos en un atasco viendo “Anchorman”, podría ser peor.

La película terminó antes de llegar a la iglesia gracias al atasco y, cuando Tom y yo sacamos los bártulos del coche, nos dimos cuenta de que faltaba material. La empresa de alquiler nos dejó un trípode sin cabezal, es decir, nos dieron las patas, pero no podíamos sujetar la cámara. Hice cábalas con avidez y nos cogimos lo justo antes de que la mujer cerrara el coche y se fuera de picnic con su hija.

De nuevo un pueblo sin cobertura, me dije, pero me equivoqué. Tenía una llamada del padrino. Estaba preocupado, me dijo más tarde mientras me justifiqué por el tráfico. Como siempre, antes de preparar el equipo de grabación, pregunté dónde estaba el baño. Tiempo que utilicé para observar el lugar. El salón donde iban a cenar estaba instalado en el jardín de la Iglesia bordeando un riachuelo. Eso era una buena noticia, ya que no íbamos a tener que movernos de un lado a otro.

Empecé con las imágenes del novio poniéndose la corbata, unos saludos después, todos se fueron a la iglesia para tener los preparativos. Sacaron unos esquíes, al parecer los padres de la novia tuvieron el mismo recibimiento tras la boda, pero con unos esquíes de madera que se encontraban en la entrada del salón del evento. Observé que iba todo bien de tiempo, según lo previsto en el guión que nos dieron los novios. Era lo mejor de las bodas inglesas, que todas eran iguales y que solían ser muy minuciosos con la puntualidad. Como si se tratara de un programa de televisión, el padrino hace de presentador y se preocupa de que todo esté en orden y a su hora.

Entablé una conversación en español con el fotógrafo. Me había calado en seguida mi acento, no como el padrino que me preguntó si era de Gales (y eso me hizo ilusión). Disfruté mientras me relataba sus desventuras de por qué un tipo como él se había ido a Sudamérica y se había enamorado de una chilena. 

A media tarde recibí un mensaje de la mujer desde el picnic, anochecía y preguntaba si todo iba bien. Me compadecí de ella porque los discursos se habían alargado y, de pronto, un par de camareros se pusieron a cantar (suspiré). Sorprendieron a todos con una voz espléndida y el juego que hacían con sus voces. Poco después, cenamos junto a los músicos de la banda y Tom y yo les ayudamos a confeccionar la lista de canciones que iban a tocar (ninguna española). Cuando ellos empezaron, nosotros estábamos a punto de terminar.

Harto de tanto baile, le dije a Tom que ya era suficiente, pero el dijo que un poco más. Entonces me acordé de la conversación que tuvimos antes de ver “Anchorman”. Él estaba estudiando, empezando su carrera profesional en el audiovisual, quería comerse el mundo y yo, que me las habían dado por todos lados, le dije que el mundo, en vez de comerlo, me había comido él a mí. Estaba cansado y la gente no bailaba al son de la música, sino al del vino, por lo que le insistí y le dije que nos largáramos a casa.

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