La Agencia #004

Me miré el dedo pequeño del pie. Tenía callo. Después de mucho tiempo el pie se había acostumbrado a las botas de seguridad, pesadas, frías y duras como ellas solas. El primer día, usé unas botas de mi compañero de piso para no comprarme unas nuevas, pero, entre que eran una talla menos y que mis pies eran delicados, me molestaron bastante. Tras varias noches de trabajo, las heridas pasaron a ser una costra de piel dura. Me masajeé los dedos de los pies y decidí no ponerme crema hidratante, como había hecho otras veces. Preparé mi mochila: un bocadillo, plátanos y galletas, y me fui.

Una noche más de doce horas como si lo hubiera hecho toda mi vida. Me sentía cómodo, quizás por mi insomnio, por lo que llegar rendido me ayudaba a conciliar el sueño. De nuevo, esa noche, me tocaba con Marc. Un tipo que soltaba sus problemas de una forma bastante dramática dejando al receptor sin palabras, el que le entendía, claro. Marc es Mancuniano y es de los que les cuesta sonreír. Fue el primer encargado que tuve allí y me regaló una Coca-Cola en la hora de la cena. Eso no se me olvida.

Hard night?”, le pregunté mientras soplaba mi tacita de cacao con leche. Me miró fijo, durante unos segundos que se me hicieron eternos y, mostrándome una lista de tareas, me dijo con su tono que había mucho que hacer, pero hasta medianoche nada, mientras tanto había que esperar. Y así fue. Varias horas de aburrimiento viendo la triste programación inglesa de la tele, jugando al sudoku y leyendo relatos en mi móvil. Pero para sorpresa de todos, incluso para Marc, esa noche no movimos sillas, sino que pasamos el aspirador.

El evento era para dos días y habían utilizado toda la central, lo que fue hace años una estación de tren, ahora iba a ser una feria de productos de belleza para mujeres: cosméticos, pintalabios, técnicas de rejuvenecimiento, rayos uva… y una larga lista de stands rodeados de alfombras como si fuesen calles en una pequeña ciudad. Y esas calles, las teníamos que limpiar nosotros.

Cuando estuve limpiando habitaciones en el hotel, había pasado el aspirador bastantes veces, pero aquello era una pesadilla. Después de dos horas con la dichosa máquina, mi brazo me pedía a gritos volver a mover sillas y, por un momento, pensé que mi energía se había concentrado tanto para que mis deseos fueran realidad, ya que la aspiradora dejó de funcionar. El cable fallaba y tuve que buscar a la supervisora que, con afán de caerme mal, me dio otra aspiradora.

Aquella noche fue una pesadilla, pero a Marc también le tocó otro área que limpiar y, solo pensando en los palabrajos que estaría jurando en su ininteligible acento Mancuniano, me hizo sonreír. Eran las cinco y ya quedaba menos para salir.

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