La Agencia #002

Llegué cuarto de hora antes al jobcenter y esperé un rato mientras atendían a un joven rapado y en chandal. Mis prejuicios me hicieron visualizarle como uno de los que estaba en las revueltas del año pasado donde saquearon los centros comerciales de Manchester o, quizás, uno de esos que se pone la capucha y roba bicicletas en el campus universitario. Mi mente volvió a la realidad cuando una señora me atendió detrás del mostrador. Uno de esos pupitres similar al que hay en los restaurantes donde esperas al camarero y te pregunta si quieres cenar en zona de fumadores o no. En el jobcenter, le tienes que decir para qué vienes. Si no tienes cita, tendrás que solicitarla y volver otro día. Yo tenía cita.

Esperé durante un rato en el sillón junto al rapado, que no paraba de comerse las uñas. Me atendieron antes que a él. El hombre tras el escritorio me sonrió al contestarle la estúpida pregunta de qué hacía allí y, fui claro, “I need a job”. Entonces me acordé de la primera vez que pisé el jobcentre nada más llegar a la ciudad. Solicité una traductora que era portuguesa a la que no le entendía nada. Esta vez no tuve problemas para comprender todo el papeleo y ver que todo iba viento en popa: era apto para recibir la ayuda mientras buscaba trabajo.

Al terminar, busqué en uno de los ordenadores del centro las ofertas de trabajo del día y encontré uno donde no necesitaban experiencia, de mantenimiento, pero solo era temporal, una semana de trabajo, aún así mandé mi currículo. Me llamaron una mañana que estaba desayunando en un bar con Borja, mi compañero de casa. Uno de esas cafeterías cool del barrio más cool de Manchester. Hacía buen tiempo para estar en la terraza, por lo que ya era mucho para esta ciudad, donde el día que no llovía hacía un frío que pelaba.

La llamada por teléfono pensé que había ido bien, pero las explicaciones que entendí me llevaron a un centro comercial donde no tenían ni la menor idea de la oferta de trabajo. La secretaria de las oficinas buscaba en su ordenador el nombre de la persona con la que me tenía que reunir, pero no encontraba nada. Un colega de ella, apoyado en su escritorio con cara de haber estado flirteando con su amiga justo antes de que yo les interrumpiera, me cogió el papel de la oferta de trabajo y sacó su móvil. Sin más mediación llamó y me sacó del apuro. La oferta era de una agencia que no tenía nada que ver con el centro comercial. Me explicó de nuevo donde tenía que ir y me fui para allá avergonzado.

Entré en la agencia y me presenté como el chico que se había perdido. Un hombre negro y gordote soltó una carcajada sin dejar de mirar sus papeles. Mi cara como un tomate no se redujo hasta que empecé a explicar mi situación laboral a la mujer y ella me subió la moral diciendo que mi inglés no era malo. Rellené un montón de papeles y ya solo tenía que esperar a que me llamaran.

Me despedí y ella, sonriendo, me soltó un “Adiós”.

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