De boda #002

Abrió la puerta un señor con bigote blanco, vestido de negro, con los bordes del traje plateados y adornado con una rosa roja. Le seguimos hasta un salón donde había dos salas divididas por un arco en el techo, en una de ellas había dos sillones, en plan tomate un te y vete, y en el otro lado destacaba una enorme tele y una videoconsola que invitaba a terminarte el te rápido para quedarte a jugar como un crío toda la tarde. Se me pasó por la cabeza olvidarme de la boda.

Té o café, nos preguntó. Fui el único que pidió té. “White, please”, como acostumbran los ingleses. Era la segunda infusión del día, pero no me preocupaba. Hace tiempo que reconozco ser adicto al té. Mi cuerpo me lo pide y, a estas edades, no discuto con el. Le doy lo que quiere y el no me molesta a mí. Nos llevamos bien. Después de muchos años, nos vamos entendiendo.

Preparé mi cámara mientras esperábamos al novio. Ron, el fotógrafo, hizo lo propio con su equipo y se me acercó con una de sus sonrisas cómplices, are you excited?. Siempre me bromeaba con lo mismo. Le contesté que no, que tenía sueño. Volvió a mostrarme sus dientes sucios al recordar que su hija me había sonreído al verme esta mañana. The kids love me, le contesté.

El novió nos saludó con tanta parsimonia que pensé que era uno de los invitados. Nos indicó que en la cocina teníamos té y cookies, pero Ron le dijo que estábamos bien y que queríamos empezar a hacer unas fotos mientras ultimaba su traje. Los planos en mi cámara redundaban una y otra vez en cada visita a la casa de los novios. Sin espacio en el cuarto, la imaginación tenía que hacer virguerías para encontrar una posición y un plano diferente.

Tras terminar los preliminares con el novio, en el salón nos esperaba el té frío y el resto de familiares que querían hacerse fotos. Empezaron las prisas. Era la parte más aburrida para mí, solo grababa gente posando. Imágenes que, si no las incluyera en el vídeo final, me las exigirían los novios. Una de esas cosas absurdas que uno tiene que hacer y no darle vueltas. Terminé mi té de un sorbo y revisé la batería. Cincuenta por ciento. Le susurré a Ron, are you excited?, me sonrió antes de decir a los siguientes fotografíados que se arrejuntarán un poquito más. Sin miedo, bromeó.

Cuando me quise dar cuenta, llevábamos una hora en la casa y todavía no había llegado la limousine, según me informó el hermano. Al menos ya teníamos la cara de la persona que intentaría organizar esa boda, es decir, que fracasaría en el camino. De hecho, él era consciente de ello, pero no le importaba, por eso pidió más fotos de sus familiares.

La casa a esas alturas era una sauna. Apenas había espacio para moverse entre tanto amigo y familiar. Todos querían salir en la foto, pero también hacer fotos con sus móviles. Ron sonreía entre sudores. are you ok?, le pregunté mientras me apoyaba en el trípode y me arremangaba. Mirara donde mirara solo veía trajes de colores, túnicas y tes. Ron era feliz entre el bullicio. Tiene alma de reportero y de moverse entre el caos, por eso está ahorrando para irse a cubrir algún conflicto. Yo pienso para mí que para conflicto ya tenemos las bodas asiáticas…

Llegó la limousine y suspiré. La boda no había hecho más que empezar.

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