La Agencia #001

Me probé las botas de seguridad. Eran una talla menos, pero me estaban cómodas en ese momento. Miré el reloj antes de salir. Las siete. El peso de la mochila me empezó a molestar cuando alcancé el edificio. Había pasado muchas veces por ahí, parecía una vieja estación de trenes, pero ahora organizaban eventos. El sitio era enorme, como más tarde confirmé. Hacía estas reflexiones mientras buscaba recepción, pero tras dar una vuelta no lo encontré y decidí preguntar.

Las explicaciones que me dio un viejo barrigudo mientras apuraba su cigarrillo solo me sirvieron para preguntar a otra persona. Otro barrigudo, con chaleco reflectante y un walkie-talkie. Le volví a hacer la misma cuestión. ¿Recepción?. Está cerrado me dijo con sequedad. Vengo a trabajar. Su rostro cambió y me soltó un montón de palabrajos en un inglés ininteligible, por lo que seguí las indicaciones de su mirada y el movimiento del brazo.

El siguiente paso era encontrar a un tipo que se llamaba Mohammed. Aquí hay un montón de gente que se llama así, me espetó el encargado de la puerta de seguridad. Un barrigudo con mostacho. Pues mire a ver si alguno de ellos viene de esta agencia, le dije mostrándole un papelito. El tipo dudó, pero me dejó firmar la entrada y me dio indicaciones para llegar a la cantina, donde esperaba Mohammed.

Ese es el jefe, fue lo primero que me dijo mientras me ofrecía su mano. Por fin un tipo sin barriga, pensé. Le tuve que repetir mi nombre varias veces (como siempre). Después vinieron las preguntas de bienvenida. Ya ni se molestaban en preguntar mi procedencia, sino que directamente querían saber de qué parte de España era. Valladolid, les confirmé despacio y, tras su cara de póquer, les expliqué que este año habíamos promocionado a primero. ¿No os gusta el fútbol?. Mohammed sonrió y me dijo que el café era gratis.

El jefe me dijo que le acompañara y me mostró un cuartucho donde podía dejar mi pesada mochila. Me senté en una silla llena de lo que parecían ser manteles mientras sacaba mis botas de seguridad de la mochila. A un lado había mesas de madera plegables, varias taquillas cerradas, estanterías repletas de más manteles y una vieja bici oxidada. Parecía un trastero de un taller de coches.

Me até bien fuerte las cordones de las botas, para que no me bailasen los pies, pero al levantarme presentí que no iba a estar cómodo con ese calzado. Me dirigí a la cantina haciendo ejercicios con el cuello de un lado a otro, como cuando entrenaba al fútbol. Al pasar por una puerta de cristal que daba a la calle observé que ya estaba anocheciendo. Me esperaban doce horas de trabajo.

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