Hotel #005

Le dibujó un tigre. Como el de los dibujos animados, uno que salía en Disney, le insistió él, pero ella seguía sonriendo mientras negaba con la cabeza. Me suena el dibujo, remarcó para que él no se sintiera mal. «Así soy yo», soltó él entusiasmado mientras intentaba sacar bíceps. La chica casi tiró la copa del ataque de risa. De pronto, ella se disculpó y se volvió al grupo de amigas.

Él pidió otra copa más y vio a su amigo, con la misma estrategia del dibujo, solo que éste no sabía dibujar bien y hacía un cocodrilo junto a una luna. Tras terminar su bebida, asumió que la chica no iba a volver y empezó a enumerar sus defectos para tratar de comprender por qué carajo siempre le funcionaba más el cocodrilo y la luna a su amigo.

El juego se lo inventaron hace unos años. Una forma extraña de ligar con el que pretendían engatusar a las mujeres y dar pie a una conversación que terminara en la cama de alguno de los dos, pero esta vez a él no le funcionó, por lo que volvió a dibujar otro tigre más.

La chica por su parte intentó evitarle durante el resto de la fiesta. Un evento al que la empresa había reunido a un centenar de comerciales para largas y agotadoras conferencias y alguna que otra bronca por no llegar a los números exigidos. Como colofón final estaba la barra libre de la última noche.

No era la primera vez que ella asistía a ese espectáculo y, por lo tanto, contaba con la resaca del día siguiente en la habitación del hotel. Pero esta vez, además, se vio con la sorpresa de que la ducha del baño de su cuarto estaba ocupada, en el suelo había un traje gris, manchado con algún tipo de bebida, y en la mesilla reposaban dos dibujos: el del tigre y el del cocodrilo con la luna.

Se agarró fuerte al edredón, mordiendo un poco la tela, y deseó con todas sus ganas que el tipo que saliera de la ducha fuera el que dibujó el cocodrilo.

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