
La habitación tenía dos sillones y una cama doble, pero él estaba sentado en el suelo, mirando a la nada. Observaba su maleta sin deshacer. Él se sentía como un objeto más en mitad del cuarto con el espacio suficiente como para no tocar nada. Y estuvo de esa manera hasta que el teléfono sonó.
Se levantó despacio, quitándose el sudor de la frente con la mano temblorosa y observó el teléfono. Tenía el cable enroscado alrededor, jugando con la forma cuadrada del aparato, por lo que si lo cogía, el cable perdía su estado inicial. Al lado, había un espejo y una guía de información del hotel. Dudó antes de levantar el auricular. “Ahora bajo”. Y tras colgar, enroscó de nuevo el cable tal cual se lo había encontrado.
En recepción preguntó por la salas de conferencias. Allí le esperaba un cartel anunciando la presentación de su nuevo libro, un hombre con sonrisa impuesta que saludaba a todos y gente desconocida que degustaba el catering, mientras él, seguía sudando y con la cara empalidecida como sus páginas antes de escribir sus memorias, sus sueños, sus recuerdos.
Dejó el hotel por la mañana temprano para tomar aire y respirar tranquilo fuera del edificio. Cruzó la calle y alzó el brazo en cuanto vio un taxi. “Al aeropuerto, por favor”. Se quedó observando la ventana de su cuarto hasta que lo perdió de vista y sacó una libreta de su chaqueta. Y empezó a escribir sus recuerdos.
El chico de la limpieza abrió la habitación que dejó el escritor y, para su asombro, descubrió que el cuarto estaba intacto, como si nadie lo hubiera usado. La cama estaba hecha y el baño con las toallas limpias. Solo había algo inusual: una propina de cinco libras con noventa y tres céntimos, exactamente lo mismo que le pagaban en el hotel por hora.
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